Lección de futuro

Lección de futuro

El sueño de no tener que salir se convirtió en pesadilla y se sumó a la escuela virtual.

23 de marzo 2020 , 12:28 a.m.

Mi hija estaba enseñando “el futuro” en la universidad de un país que hoy me parece muy lejano. La clase de español que dicta a los estudiantes de pregrado tuvo que volverse virtual, como casi todas las cosas del mundo, y los temas que había planeado para iniciar conversaciones en grupo –por ejemplo, ¿qué harás el próximo fin de semana?– se convirtieron en enigmas incontestables. En esas habitaciones que se cuelan a través de las pantallas de sus estudiantes, me dice que la conjugación del futuro en una lengua extranjera no parece, precisamente, la prioridad del momento y la eterna pregunta sobre el sentido de lo que se enseña se vuelve más pertinente que nunca.

“Cuando pronuncio la palabra futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado”, recuerdo el poema de Wislawa Szymborska, y me pregunto en dónde situar la frontera que cambió nuestros tiempos y relegó la vida de hace unas pocas semanas a un pasado tan lejano. Como si hubiéramos quedado suspendidos en un presente continuo y eterno, recurrimos a las máquinas para hacer lo que solíamos hacer antes y simulamos estar ocupadísimos en asuntos urgentes y productivos que quizás ya no tienen –ni vuelvan a tener– sentido.

“Te llevamos la oficina a la casa”, anuncian las nuevas propagandas para estos tiempos, pero el sueño de no tener que salir a la oficina se convirtió en pesadilla y se sumó a la escuela virtual de los hijos. Y, de repente, en pocos metros cuadrados, peleándose el internet y el computador –si es que hay–, e improvisando escritorios al lado de platos sin recoger, la familia entera quedó absorta en multitareas de estudio y trabajo. Y al levantar un instante los ojos, nos damos cuenta de que ahí están los niños –los grandes, pero también los pequeños– igual de atareados (y quizás igual de aterrados), como si la educación pudiera tener los mismos métodos en la universidad y en el parvulario.

Si bien la educación virtual es lo que ahora tenemos, vale la pena mantener las preguntas de siempre, y dejar de fingir que basta con dejar tareas de cero a siempre sin ocuparnos de la tarea de atravesar este tiempo y salir distintos. ¿Qué escuela puede conformarse con empacar los viejos contenidos en nuevos continentes? ¿Qué escuela puede ser esa que se suma a la misma negación que llevó a tantos gobernantes a mirar para otro lado, con tal de seguir vendiendo y comprando, sin acusar recibo de la enfermedad y la muerte? ¿Es posible “virtualizar” (sic) la escuela en todos sus niveles, para mantener esa idea de productividad que se resquebraja en el mundo?

Aunque parezca más fácil dar soluciones de corto plazo, tenemos que pasar (y pensar) por esta pandemia, y la educación, como todas las prácticas sociales del mundo, jamás volverá a ser la misma. Si todo lo que hay para aprender, debatir y descifrar de esta crisis les concierne especialmente a los niños, tenemos que comenzar por hablar con ellos y acompañar a las familias a centrarse en lo más importante que es levantar la cabeza de los aparatos y mirarlos a los ojos y estar con ellos. Dejarlos jugar y dejar que nos hablen del miedo y de un mundo que se nos rompió a todos, y decirles que no sabemos aún el remedio, pero que lo vamos a buscar entre todos.

Si bien es cierto que las normas y las rutinas son más necesarias que nunca en este eterno presente, es posible buscar formas para habitar ese mundo sin agenda que transcurre en la infancia. ¿Acaso usted tuvo internet en esas tardes interminables de juego? En este mundo que ya no se puede tocar, tocar el corazón de los niños y sentir su calor y su deseo de moverse y de preguntar siempre, sin encontrar respuesta, es la tarea inaplazable, y el desafío. Y el gran privilegio.

YOLANDA REYES

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