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La pobreza del discurso

La pobreza del discurso

Esa lengua empobrecida que habla el Gobierno es síntoma de un momento de pobreza conceptual.

09 de agosto 2021 , 12:12 a. m.

Si el discurso de un mandatario en un momento crucial de su gobierno es la oportunidad para entender el estado de la nación, según la perspectiva del gobernante que lo enuncia, también permite asomarse al estado de su mente y, viéndolo bien, al de la mente del país que imagina que gobierna. Por sus discursos los conoceréis, podría decirse, parafraseando la frase del Evangelio, para aludir a la relación entre lenguaje y pensamiento, y, en el caso del presidente Duque, esa relación ha sido ya diagnosticada, tanto por sus detractores como por sus copartidarios.

Bajo esa lengua que él repite de corrido, sin vacilación y, por consiguiente, sin matices transita una manera superficial de abordar la cada vez más compleja realidad de este país, y a medida que la situación se torna más adversa, esa aparente facilidad de expresión se lee como una disociación que completa el cuadro de un mandatario encerrado sobre sí mismo: refugiado en sus cuarteles e incapaz de tener interlocutores distintos a los de su círculo cercano, como debería corresponder a la naturaleza de su cargo democrático y a la obligación de rendir cuentas.

La insistencia de Duque en presidir ceremonias militares a puerta cerrada, como la del 7 de agosto, o por aparecer de madrugada en lugares conflictivos del país cuando nadie puede verlo es el contexto de su discurso, que se ampara bajo el pretexto obsesivo de la seguridad del país (o de su propia inseguridad). Sin embargo, lo más preocupante en el balance de este gobierno al que aún le falta un año es descubrir cómo esa pobreza discursiva se refleja en la pobreza de expresión de su equipo.

Ver la actuación del ministro de Vivienda hablando en rap para hacerles publicidad a sus programas es patético, y eso por no mencionar la pobreza conceptual de la Vicepresidenta sobre lo que ella denomina “la mujer”, o las dificultades del ministro del Interior para dar declaraciones, o la carencia de discursos sobre educación y cultura que vayan más allá de las negociaciones con Fecode o de la repetición vacía de eslóganes sobre la tal economía naranja.

Esa lengua empobrecida, llena de lugares comunes e incorrecciones gramaticales, que hablan el Presidente, los ministros y otras figuras del Gobierno es síntoma de un momento de pobreza conceptual que amenaza con extenderse, como una epidemia, por un país triste y encerrado también detrás de frases huecas y consignas esquemáticas. Como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, es posible detectar un adelgazamiento paulatino del capital simbólico en Colombia: una pobreza argumentativa que se refleja también en la desaparición progresiva, o en la renuncia al debate, de los medios masivos de comunicación.

En estos días en los que la Feria del Libro nos hace añorar tantos escenarios perdidos, y no solo materiales, para la circulación de las ideas, es tiempo de hacer un inventario de los espacios que se han ido cerrando para el disenso, y de cuyo cierre no se puede culpar a la pandemia, puesto que tiene conexión con ese subtexto que proscribe las ideas y desconfía del trabajo intelectual, con todos sus matices.

Estoy pensando, por citar ejemplos, en la desaparición de revistas culturales como ‘Arcadia’, y en la transformación o el adelgazamiento de los medios impresos de comunicación. Pienso también en las pequeñas librerías y en las editoriales y en los teatros y en los oficios de la imaginación condenados a sobrevivir, y a veces ni eso siquiera, frente a la indolencia del Estado y a sus formas, veladas o explícitas, de censura o de comercio. Pienso en esa nutrición simbólica que necesitamos recuperar entre todos, y exigirla como un atributo y una obligación de Estado, antes de que en Colombia se nos haga demasiado tarde.

YOLANDA REYES

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