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La finca de Uribe

La finca de Uribe

La familia era el entramado perfecto para enmarcar “la Verdad” de ese patriarca temperamental.

23 de agosto 2021 , 12:20 a. m.

Aunque ha pasado una semana desde que terminamos colados por internet en la finca del expresidente Uribe, oyendo su monólogo sobre ‘falsos positivos’, hay un subtexto que sigue resonando detrás de esa puesta en escena, con sus encuadres y sus actores visibles, y con los ‘extras’ que no mostró la cámara. 

Son aquellas pequeñas cosas –diría Serrat– que cuentan una historia en la forma de disponer la mesa, con su mantel y sus puestos fijos, y la elección de quién se sienta en la cabecera y quién a la diestra del padre, y quién arregla todo sin aparecer, y quiénes se cuelan en ciertos momentos. Es una historia llena de gestos trillados, pero sobre todo de omisiones y silencios, tan antigua como el conflicto armado, y esencial para esclarecer ciertas verdades sobre las que hemos guardado silencio, especialmente las mujeres.

¿A qué audiencia se dirigía la presentación de aquel hogar perfecto que abría sus puertas a los comisionados Francisco de Roux, Lucía González y Leyner Palacios, pero especialmente al primero, y no en su fuero de comisionado, según lo hizo explícito Uribe? Ese hombre de Estado aparecía en su versión idílica e informal de fin de semana, rodeado de sus animales y de su familia –en ese orden– hablando con un jesuita un poco díscolo para su gusto, pero al que recibía como interlocutor por el respeto debido a la Iglesia. Según corresponde al hombre fuerte que pide resultados, la familia era el entramado perfecto para enmarcar “la Verdad” de ese patriarca temperamental al que suelen perdonársele ciertos exabruptos por ser la figura del padre y proteger a los miembros de su prole, incluso de sí mismos.

¿Dónde estaban las mujeres de la finca? En esa familia de hijos varones en la que el poder se transfiere por primogenitura, su ausencia reforzaba una historia muy antigua. Aunque “las mujeres y los niños” no contaron, sus movimientos discretos en el detrás de cámaras y sus voces en ‘off’ aludían a esas tareas domésticas que sostienen las estructuras familiares para garantizar que el señor se pueda dedicar, sin titubeos ni sentimentalismos, a los asuntos importantes de la hacienda. En ese sentido, el tratamiento dado por el expresidente y su primogénito –y también por la puesta en escena– a la comisionada Lucía González no fue una salida en falso, sino un componente esencial en el relato de invisibilidad que se confiere a las mujeres y que solo se rompe en caso de que sea necesario hacerles alguna reconvención por comportamientos ‘inadecuados’.

La increpación del padre a una vieja conocida de su esposa y de su familia por lo que él consideraba su sesgo político y la aparición súbita del primogénito para convertir esa increpación en un regaño grosero y público por la expresión de sus ideas (simpatizante de las Farc o comunista parecen las peores faltas atribuibles a las mujeres consideradas ‘rebeldes’ en este país) es el cierre perfecto de un episodio ejemplarizante. Esa comisionada que fue invisible durante casi toda la audiencia solo apareció para ser descalificada, y se trata, en el fondo, de una lección que todos aprendimos cuando ni siquiera sabíamos que estábamos aprendiéndola.

Hemos hablado poco de esas estructuras domésticas que están grabadas en nuestra psique individual y colectiva y que intentan justificar comportamientos de exclusión y de negación de los efectos emocionales que suscitan las decisiones de gobierno. “Los periodistas se fijan en esas cosas que me parecen secundarias”, dijo el comisionado De Roux en una entrevista para Palabras Mayores. Creo, por el contrario, que son esos lenguajes no verbales, grabados en el ADN de la nación, los que necesitamos descifrar si queremos esclarecer y, sobre todo, dejar de repetir la misma vieja historia.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO, aquí).

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