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‘Hermanos de dolor’

‘Hermanos de dolor’

Betancourt habló con todo el cuerpo y tocó la esencia de lo que aún no hemos logrado en Colombia.

28 de junio 2021 , 12:40 a. m.

“Oí con emoción el relato de mis hermanos de dolor. Los oí llorar, los vi llorar y he llorado con ellos, pero me sorprende que nosotros, de este lado del escenario, estemos llorando y que del otro lado del escenario no haya habido ni una sola lágrima”, dijo Ingrid Betancourt en el encuentro entre las víctimas de secuestro y los comandantes de las Farc, propiciado por la Comisión de la Verdad. Les habló a sus secuestradores desde ese dolor irreparable que carga una víctima, sin importar cuánto tiempo haya pasado, y nombró esa herida abierta que necesita ser dicha muchas veces –y reconocida y recibida por los otros–, a ver si al ser puesta en palabras deja de doler tanto.

Su discurso, más allá de la acepción politiquera que aquí suele dársele a ese término, es un discurso necesario, y no es solo de ella, ni es solo de las víctimas del secuestro que se han ido encontrando en el espacio de la Comisión para contar su historia a muchas voces, sino que recoge el dolor de esta guerra interminable. “No es una formalidad jurídica”, dijo, para recordar un énfasis que no se limita al recuento de los hechos ni al mero cumplimiento de obligaciones burocráticas en el marco del acuerdo de paz, y que, según sus palabras, significa “mirarnos desde adentro cargando nuestras heridas y nuestros muertos”.

Betancourt habló con todo el cuerpo y, al nombrar “el pudor de las emociones” (que también es su poder), tocó la esencia de lo que aún no hemos logrado en Colombia: esa comprensión –que es también el punto de partida de la compasión– de una memoria emocional que nos atraviesa de muchas formas, que nos ha dejado, según sus palabras, “marcados en carne viva por el odio”, y que no puede ser subestimada en este proceso extraño de reconciliación que parece estar ocurriendo en una realidad paralela a la del Gobierno. “Yo sé que Colombia nos oye y nos oye, y no nos entiende. Hoy tenemos que hacer que Colombia entienda; encontrar las palabras justas para que el país vea, imagine lo que nos sucedió a todos”. ¿Acaso puede haber palabras más elocuentes, más ciertas y terribles, sobre esa sensación de ser de un país que nunca ha visto ni entendido el dolor de sus víctimas?

Cada palabra del discurso conmovedor que fue hilando Betancourt después de haber oído a sus victimarios remite a esa verdad emocional que sigue siendo nuestra asignatura pendiente en el proceso de paz. “No es sobre un terreno virgen sobre el que construimos una nueva Colombia”, señaló, y fue interpelando, uno por uno, a los miembros de las Farc que les habían “ofrecido disculpas” llenas de desvíos burocráticos y de justificaciones ideológicas a las víctimas. “Volver a ser humanos es volver a llorar juntos” fue su respuesta a ese discurso sin alma.

La conciencia de Ingrid Betancourt, que es una piedra en el zapato para el país y que quizás por eso a veces suscita reacciones iracundas, reclama esos actos simbólicos de reparación que comienzan por “despertarse con las mismas pesadillas... Aquí estamos seres humanos, no está el Estado”, dijo, y creo que sus palabras sobre la indolencia que sintió al “otro lado” del escenario, más allá de las Farc, nos involucran a todos, en este país insensible que sigue sin acusar recibo del dolor y de la muerte y de la guerra.

Esa verdad, que es memoria sensible y simbólica, y es a la vez personal y colectiva, hace parte de nuestro discurso político. Y la conversación que este país no ha hecho pública tiene que ver con el tumulto de emociones sin procesar que determina, en gran medida, un libreto de odio repetido. Sin acusar recibo de esa memoria de dolor que nos hermana a todos, sin situarla en el lugar de las palabras, es imposible imaginar otros discursos.

YOLANDA REYES

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