En la semana del idioma

En la semana del idioma

Es tiempo de resignificar lo que entendemos por cultura escrita y de volverla a situar en la vida.

20 de abril 2020 , 12:46 a.m.

En el lugar donde hace justamente un año se hacían los últimos preparativos para inaugurar la Feria del Libro de Bogotá, se dan los toques finales para armar un hospital. Es aterrador ver las imágenes de los mismos paneles blancos que se usaban para separar editoriales, hoy convertidos en cubículos que albergan camillas blancas. Es inevitable, al ver todo casi listo, recordar la expectativa que suscitaba aquel lugar lleno de libros, que era como la Navidad no solo por la actividad, las ilusiones y las ambivalencias que movilizaba, sino porque marcaba un hito y un balance de la vida, año tras año.

Los libros que habíamos escrito (o no) y los que queríamos leer, los encuentros entre autores y lectores, los amigos que volvíamos a encontrar en cada feria, los editores, las novedades, los maestros, las hordas de niños, las charlas, los proyectos, los charcos, la agenda, las carreras –y todo lo que había por mejorar, por escribir– parecen ahora tan lejanos como si hubiera pasado un siglo desde FilBo 2019, y la llamada ‘cadena del libro’, ese ecosistema construido alrededor de las palabras y de sus múltiples peripecias para llegar hasta el lector, parece quebrada en pedazos.

Millares de personas de oficios diversos, desde los grandes y los pequeños editores hasta los libreros, y las que trabajan en cada eslabón, hoy se preguntan ya no por el futuro del libro, sino por su presente inmediato, con su carga de inventarios, nóminas, obligaciones y cuentas pendientes.

Pienso en las toneladas de libros que habían llegado a esta FilBo dedicada a los países nórdicos y en la parafernalia de estanterías, cajas, invitaciones, pasajes, aeropuertos, hoteles, funcionarios, embajadas y toda esa ‘logística’ que era imparable unos meses atrás. Y, aunque ni la imaginación más desbordada habría sido capaz de predecir la pérdida colosal de esfuerzos, dinero, empleos y posibilidades, creo que ahora, cuando el mundo está congelado, es tiempo de resignificar lo que entendemos por cultura escrita y de volverla a situar –volvernos a situar– en el lugar que ocupa en nuestra vida.

Si hay algo que haya sido imprescindible en estos días de pandemia, ha sido la escritura. Millones de palabras escritas y leídas han circulado por este mundo inmaterial de internet que hoy parece nuestra única alternativa para seguir viviendo juntos. Más allá de la avalancha de noticias, de mensajes y de significados específicos, ha sido la necesidad de interpretar la que nos ha sostenido en estos días inciertos. Pegada a la pantallita del teléfono, una persona encerrada se relaciona con el mundo y lo reescribe y lo relee, y sobrevive entre palabras. La directora de un jardín que tiene el nombre de Mafalda les propone a las familias que escriban un diario de estos meses, para que sea la memoria de sus hijos, cuando no recuerden más que la nebulosa de un encierro, y un librero se las arregla para hacer llegar un poema necesario al lecho de un sobreviviente.

Son esos gestos, salvadores, sanadores, los que hacen pensar –contra toda evidencia inmediata– en el presente y el futuro de los libros. Y, aunque sin duda habrá que cambiar soportes y dimensiones, esa necesidad de sedimentar y de dar forma a los saberes, a las emociones y a las peripecias, y, sobre todo, a lo que no se sabe aún cómo decir, es la razón para creer en la ‘sostenibilidad’ (no solo económica) de la cultura escrita y, particularmente, de la literatura.

¿Con qué símbolos elaboraremos la memoria de estos tiempos para guardársela a los que aún no han llegado? Al lado de las hileras de camillas y de las cuentas de contagiados, muertos y recuperados, necesitamos contar otras historias para recordar los buenos tiempos y atravesar tiempos difíciles.

YOLANDA REYES

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