El hambre, la rabia, el dolor y el miedo

El hambre, la rabia, el dolor y el miedo

Exigir a las autoridades que prioricen la protección de los ciudadanos por encima de las emociones.

11 de enero 2021 , 12:37 a. m.

En una terraza con hierros salidos que nunca se terminó de construir y que alguna vez fue el deseo de otro piso, una mujer mueve un trapo rojo. Es la bandera del hambre que ondea en esos barrios pintados con mariposas multicolores para darle color local a la pobreza, según dispuso un alcalde.

Desde las ventanillas de sus carros, los viajeros que regresan a la ciudad con ese nudo en el estómago típico del fin de las vacaciones, exacerbado por la culpa de haberlo pasado bien y por el miedo de no saber hasta cuándo, intentan no mirar los trapos que se multiplican. Sus gestos maquinales, aprendidos desde la infancia y transmitidos a nuevas generaciones, son parte del repertorio de ser colombiano: esconder carteras y teléfonos y tener cuidado de algún “sospechoso” en esas vías hoy desiertas que suelen atravesarse para ir de paseo.

Más adelante, en una de esas carpas que antes asociábamos con festejos y que ahora se ha convertido en hospital de campaña, un joven se despide de su padre e intenta decirle, detrás de su máscara, que se quedará afuera esperando noticias el día y la noche, y le dice adiós con la mano hasta que deja de ver la camilla y se desploma a llorar. Las sirenas han cobrado mayor presencia en el paisaje sonoro de la ciudad –o tal vez ahora volvemos a tomar conciencia–, y mientras una ambulancia adelanta a un carro fúnebre y un hombre y una mujer, vestidos con uniformes médicos, buscan un café a la salida de urgencias, un niño le pregunta a su abuela si ella se puede morir por irlo a cuidar.

En las redes sociales, una mujer pide un libro para hablar de la muerte con su sobrina de tres años, alguien pregunta desesperadamente dónde encontrar oxígeno, otro despide a su madre con una foto y una oración, y todas esas escenas, multiplicadas por miles, y exponencialmente al alza, se entrelazan en capas y capas, mientras los políticos y sus huestes pelean a morir, y todos tratamos de seguir con la vida, como si estuviera tan separada de la muerte.

Quizás es esa cercanía entre la vida y la muerte, a la que la pandemia le ha corrido el velo, la que ha movido también los límites difusos entre el miedo, el dolor, la rabia y la necesidad de control. Y así como los niños pequeños que intentan sortear el miedo y la vulnerabilidad fingiéndose monstruos, o como los no tan pequeños que enmascaran la necesidad de llorar entre un arrebato de furia o la búsqueda de adversarios para pelear o inculpar, nos movemos descontrolados entre conductas de crispación, de elusión o de negación que quizás también hacen parte de nuestra forma de sobrevivir en este país donde la muerte ha sido una constante.

Ese tumulto de emociones que ha llegado al paroxismo –y no solo en Colombia– y que hemos visto expresarse en nuevas hordas ávidas de tocarse, romperse y luchar, de forma real o virtual, no ha sido atendido entre la urgencia de salvar vidas, pero sus señales de alerta son tan apremiantes como las sirenas de las ambulancias y obligan a las autoridades a situarse en un lugar simbólico de contención y de regulación que es, justamente, el de la institucionalidad. Esto significa dar prioridad a la protección de los ciudadanos, y especialmente a la de los más vulnerables, por encima de cualquier emoción personal.

Para dar apenas uno de tantos ejemplos, implica exigir al ministro de Salud y a la alcaldesa de Bogotá (y, por supuesto, al Presidente, que está en su ‘show’ fingiendo no enterarse de nada), que más allá de sus emociones en conflicto y de su necesidad de tener la razón, su responsabilidad es actuar concertadamente, con la autoridad que les hemos delegado, en este momento de tanto dolor.

Del debate nos encargamos los ciudadanos.

YOLANDA REYES

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