El Estado policía

El Estado policía

Deberíamos exigir a los gobernantes un plan para reconstruir la nación a partir de la confianza.

20 de septiembre 2020 , 11:22 p. m.

Mientras resuenan las súplicas de un ciudadano implorando a los policías por su vida (“¡por favor, por favor!”) y enterramos a esos jóvenes que llevaban meses cuidándose de la peste para morir entre supuestas balas perdidas en Bogotá, algunas microempresarias –y el género importa mucho– llenamos protocolos de bioseguridad para abrir las pymes que sobreviven.

Ahora, cuando se habla de reinventarse, nos dedicamos a esa ficción que funciona, en una realidad paralela a la de la realidad de verdad, escribiendo listas de “pasos a seguir” (sic), copiados de algún documento oficial que es un ‘cut’ y ‘paste’ de otro documento oficial, que a su vez es copia de otro, y así sucesivamente, y en el que se exige ajustar formatos que las autoridades habían exigido antes de la pandemia para convertir las instituciones en objetos (o víctimas) de vigilancia y control.

Estas pequeñas empresas –jardines infantiles, peluquerías, espacios culturales, recreativos y terapéuticos– en su gran mayoría mantenidas por mujeres, que suelen (solían) emplear a otras mujeres, llevan seis meses cerradas, y ningún dirigente las ha adoptado en sus campañas. Ni siquiera el Ángel Custodio ni su misión de empleo han averiguado a cuántas personas les daban trabajo ni en qué situación sobreviven (si eso es posible), y el programa de subsidio al empleo tampoco cobijó a una gran mayoría por no haber conservado los puestos de febrero. Sin embargo, las autoridades que las vigilan volvieron a acordarse de su existencia (¡bonita hora!), y ya han comenzado a hacer visitas remotas.

Como esos inspectores (de salud, de bomberos, de nutrición) también deben llenar protocolos, sus preguntas siguen un libreto en el que no encajan ciertas respuestas incómodas. Por citar un ejemplo, la pregunta sobre las estrategias desarrolladas por la empresa para garantizar la estabilidad emocional del “talento humano” no se puede contestar diciendo que casi todo el “talento humano” está desempleado y emocionalmente devastado, pues no se pudo mantener más debido a la falta de apoyo estatal. Esos formatos de seguimiento no tienen casillas para recibir desahogos ni solicitudes de ayuda, ni para diagnosticar la realidad nacional y hacer intervenciones, sino para cumplir el rol policivo de vigilar y exigir.

La lista de verificación es interminable y, como ha ocurrido siempre, aunque poco se diga por puro temor, tiene un margen interpretativo que depende del grupo de inspectores que suele variar de una visita a la próxima, con la consiguiente variación de las exigencias. Por poner un ejemplo, un funcionario A de la Secretaría de Salud ordena una obra que el funcionario B, en su visita posterior de unos meses después, no cree conveniente, pero sugiere otra idea. Y así sucesivamente, las pymes emplean “talento humano” y recursos económicos que podrían invertir en mejoras, en interpretar las sugerencias inagotables de las autoridades de control.

Por estos días, algunos exigen dispensadores de gel y lavamanos con pedales o sensores inteligentes en áreas exteriores de sedes en arriendo, o una cantidad de planillas que nadie lee con la temperatura y los datos de cada visitante. Hay también listas de exigencias sujetas a la creatividad de los vigilantes como destinar un recinto con camillas (de adulto y de niño) para aislar a los casos de covid 19 durante una jornada menor de cuatro horas.

Detrás de esa ilusión de control se oculta una imposibilidad para asumir las responsabilidades del Estado, y deberíamos exigir a los gobernantes, en vez de tanto control, un plan que potencie interacciones maduras entre ciudadanos y que proteja las libertades, para emprender el proyecto de reconstruir la nación a partir de la confianza, en lugar del miedo.

YOLANDA REYES

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