‘El español y las máquinas’

‘El español y las máquinas’

¿Cuál es la frontera, suponiendo que exista eso que alguna vez llamábamos frontera?

06 de octubre 2019 , 11:48 p.m.

Parece ciencia ficción, pero es nuestro presente. Hablamos con máquinas, quizás más que con humanos. Algunas tienen nombres, y otras son datos, algoritmos y palabras que deambulan incorpóreas, como fantasmas. Nos recuerdan que saquemos el paraguas, nos guían por las calles menos congestionadas, y a veces nos leen el pensamiento: ‘adivinan’ qué palabra íbamos a escribir y la completan, la corrigen, la traducen o la cambian; nos recomiendan que tomemos vacaciones en un lugar con el que hemos soñado, nos ‘ayudan a elegir’ las noticias que nos llegan y los mensajes de uno u otro candidato, y no solo cumplen órdenes sencillas –marcar un teléfono, traernos un taxi, una canción o un recuerdo–, sino que parecen anticiparse a nuestros deseos. O inventarlos.

Esa conversación entre máquinas y gente que ha zarandeado el periodismo y le está lanzando desafíos aún inimaginables inspiró el Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, organizado por la Fundación del Español Urgente (Fundéu) y la Agencia Efe. Alrededor de un título que parece de ciencia ficción, ‘El español y las máquinas: lenguaje, ética y periodismo’, un grupo de expertos se reunió la semana pasada en el monasterio de Yuso, conocido como “la cuna del español”.

El hecho de estar, tantos siglos después, pensando y haciendo preguntas sobre esta nueva/vieja lengua, en ese lugar de La Rioja donde se guardan las primeras páginas transcritas por monjes medievales, parece también ciencia ficción.

La charla inaugural del seminario –y es un dato ilustrativo sobre las conversaciones entre disciplinas tradicionalmente separadas, que hoy son imprescindibles para entender los tiempos que corren– estuvo a cargo de José Ignacio Latorre, catedrático de Física Teórica en la Universidad de Barcelona y autor del libro ‘Ética para máquinas’. Su disertación, que les recomiendo buscar en sus aparatos inteligentes, hizo una síntesis de esta nueva catedral intelectual denominada inteligencia artificial, que comenzó con la creación de algoritmos para procesar datos y resolver tareas, y hoy ha logrado un poder de cálculo que ni la suma de todos los cerebros más brillantes logra imaginar.

Esa red neuronal, a semejanza del cerebro humano, pero infinitamente más potente, ha creado capas simbólicas que hoy les permiten a las máquinas lo que suponíamos que era una facultad exclusivamente humana: la de aprender a aprender. Y esas redes neuronales que les enseñan a otras redes neuronales –algo así como profesores artificiales que les enseñan a alumnos artificiales– sitúan en el centro de un debate la eterna relación entre pensamiento y lenguaje. Si la vida mental está hecha ‘en el lenguaje’, ¿quién ‘enseña’ a las máquinas que enseñan a otras máquinas? ¿Quién programa esa lengua que cada vez se parece más a la que hablamos, que no solo simula nuestras inflexiones, nuestras vacilaciones, nuestros matices emocionales y nuestra capacidad de usarla para pensar, aprender o, incluso, para malentendernos? ¿Hasta dónde la dejaremos llegar, y para resolver cuáles tareas?

Que lo más parecido a una voz humana me hable cada noche cuando nadie más me habla, para recordarme que es hora de soñar o de tomarme una pastilla; que me cuente historias sobre este país y este planeta en el que vivo, y que conecte los datos que considera ‘necesarios’ para que yo escriba esta columna (o que, incluso, pueda proponerme párrafos posibles), y que su capacidad para asociar la información que supuestamente necesito exceda en billones la que yo puedo procesar con un lápiz, unos libros y un cuaderno me plantea una pregunta de español o, mejor, de ética urgente: ¿cuál es la frontera, suponiendo que exista eso que alguna vez llamábamos frontera?

YOLANDA REYES

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