Educación al sol... (y sombra)

Educación al sol... (y sombra)

Este es un tiempo propicio para tomar en serio la relación entre el medio ambiente y la educación.

24 de enero 2021 , 11:16 p. m.

‘Hoy la clase es al aire libre’: supongo que recuerdan la alegría que desencadenaba esa frase en tiempos escolares. La decisión, poco frecuente, indicaba que el profe había tenido que cambiar súbitamente el curso –y la inercia– de sus lecciones habituales. En contravía del ‘Emilio’ de Rousseau o Summerhill de Neill, las clases en espacios abiertos y el contacto con la naturaleza son vistos aún, salvo felices excepciones relacionadas con proyectos de educación activa, con cierta reticencia. Sin embargo, hoy, cuando discutimos sobre la urgencia de abrir nuestras escuelas, esa idea de la clase al aire libre (al fin y al cabo, el aire es el ‘leitmotiv’ de esta pandemia) puede inspirar alternativas pedagógicas locales según las diversas circunstancias.

Ahora, cuando hemos constatado cómo la geopolítica reparte de manera tan desigual las consecuencias de la pandemia, el hecho de vivir en este trópico en el que el frío es la excepción puede ser una ventaja para repensar la relación entre la educación y los espacios abiertos. Aunque en muchas regiones de ‘tierra caliente’ nuestro problema es la necesidad de sombra, este es un tiempo propicio para tomar en serio la relación entre el medio ambiente y la educación, y no solo porque ya sabemos que la transmisión del virus se da a través de los aerosoles que circulan en el aire compartido, sino porque el clima no es un detalle menor para las generaciones que educamos.

Tampoco es un detalle menor la necesidad de contacto –con la tierra, con otros cuerpos y, en general, con el mundo de lo sensible– que requiere el desarrollo infantil durante los primeros años de escolaridad. Esa experiencia física que significa ‘poner los pies sobre la tierra’ (oler, probar, tocar y ser tocado; moverse, cuidar, cuidarse y limitar con otros) está en la base de la escuela y en su misión esencial, que es la de ofrecer el escenario para aprender a vivir juntos y compartir el mundo con otros.

La brecha educativa en esa década crucial no se da por falta de pantallas, sino por falta de contacto con la naturaleza física, social y cultural, y eso es lo que brinda la escuela hoy más que nunca. Sembrar, mirar el cielo, pintar, correr, hacer un proyecto para cuidarnos o para leer al aire libre, e incluso descubrir en el recorrido cotidiano a la escuela todas las posibilidades del asombro, son las experiencias que necesitan los niños y la planeación educativa requiere, más que de protocolos interminables que nadie alcanza a practicar (y que, en gran medida, han resultado irrelevantes), una mezcla de creatividad y de sentido común para darles a los niños lo que han perdido en este tiempo.

En circunstancias tan adversas, esa vuelta a la naturaleza y a lo local –con sus posibilidades, sus restricciones particulares y sus distintas cifras de contagio que es imperativo atender– implica articular los recursos disponibles en cada localidad y en cada municipio, y ese es un trabajo para las autoridades. Me refiero, por ejemplo, a poner a circular los libros de las bibliotecas por las aulas y los domicilios y a ampliar la escuela a los teatros, los parques y los equipamientos urbanos, en el sentido que le da Tonucci a la ciudad educadora como una comunidad de adultos que se organiza en torno al cuidado de los niños porque entiende que ahí está la matriz de la solidaridad y del cuidado de la sociedad.

Justamente alrededor de la comunidad educativa se puede resolver esa falsa dicotomía entre cuidado y educación, o entre salud física y emocional. Pienso en un Estado que sitúa en la escuela su estrategia de cuidado de los niños, pero también de los maestros, y que se responsabiliza de proveer pruebas y vacunas para la población más vulnerable que hace parte del sistema educativo.

YOLANDA REYES

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