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Colombia sin palabras

Colombia sin palabras

La barbarie que hemos vivido en este mes ha tenido devastadoras consecuencias políticas y morales.

30 de mayo 2021 , 11:33 p. m.

Noticias atomizadas que tiemblan en el celular y producen vértigo; fragmentos de balaceras en campos de batalla a sangre y fuego, y piedra y vidrios rotos, y tanquetas y escuadrones antidisturbios y policías “disfrazados” de civil y camionetas blancas y jóvenes detrás de escudos improvisados pintados por ellos mismos, y, sobre todo, gritos, muchos gritos. Es esa gritería que aturde y deja sin aliento y no permite oír la voz de nadie ni da tiempo de organizar, en el hilo del lenguaje, lo que pasó antes y lo que se desencadenó después (ni esas relaciones entre causas y efectos a las que obliga la lengua), la que hoy hace parecer inservibles las palabras.

Como si hubiéramos retrocedido a un estadio anterior al lenguaje (y para nadie es un secreto la relación entre lenguaje y pensamiento), asistimos avergonzados a esa pérdida de humanidad que ha sido la constante en este mes, y que ha sumado al dolor irreparable de las vidas perdidas y de las personas heridas y desaparecidas la pérdida del tejido simbólico: esa red de significación de la que están hechas las constituciones, el parlamento, la justicia, las artes, las conversaciones, los discursos y todo lo que llamamos institucionalidad, y que independientemente de cada gobierno específico, afín o no a nuestras ideas, sostiene nuestras prácticas cotidianas.

Aunque para nadie es tampoco un secreto que la confianza en las instituciones de Colombia es frágil, la barbarie que hemos vivido en este mes ha tenido devastadoras consecuencias políticas y morales que nos han atrincherado y nos han dejado sin perspectiva para oír nada distinto de nuestros propios gritos. Detrás de barricadas están atrincherados también los gobernantes, desde el Presidente y su gabinete hasta los mandatarios locales, y nadie les presta atención, salvo para burlarse.

Igual de prescindibles y de erráticos se ven los líderes de los partidos políticos –de los más viejos y de los recién fundados, o recién denominados–, como si de repente hubieran confirmado que no tienen mucho que decir, o que, incluso en caso de querer decir algo, no hay condiciones mínimas para articular un pensamiento político. A la manera de los soliloquios que ha montado el Presidente para hablar consigo mismo en otro idioma, cada cual hace monólogos con su teléfono, y esa fragmentación, similar a las de las redes virtuales, impide la posibilidad real de cualquier diálogo.

No podemos ser cómplices de un gobierno que, amparado en la necesidad de recuperar el orden –o lo que entiende por orden, después del caos que su misma incapacidad ha permitido–, responde con represión a los reclamos no resueltos de generaciones que piden atención y que no han suscitado ningún acuse de recibo, salvo el despliegue de la fuerza como en aquellas dictaduras militares que creíamos superadas.

Es un secreto a voces, y necesitamos situarlo en el lugar de la reflexión –en el lugar de las palabras–, que el haber permitido esta destrucción institucional les ayuda a Uribe y a su partido a crear un ambiente propicio para que nos ofrezca una nueva salvación (otra más) basada en el miedo, en la estigmatización del pensamiento y en esa andanada de prejuicios que nos han llevado a ver la guerra como única salida.

Pensar en cómo exigir a la institucionalidad de este país y a las fuerzas políticas y a la comunidad internacional que protejan a estos jóvenes, en vez de verlos enfrentar inermes, detrás de sus escudos de cartón, el armamento militar, es nuestra responsabilidad ciudadana, y no podemos eludirla. Es imperativo recurrir a las palabras y llamar a cada cosa por su nombre, y debatir y recordar que hay nombres que conocemos bien y que se van abriendo paso mientras simulamos mirar para otro lado.

YOLANDA REYES

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