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Buenos días, duelo

Buenos días, duelo

Es tiempo de recordar las más de cien mil vidas que hasta ahora perdimos por covid-19 en Colombia.

31 de octubre 2021 , 09:16 p. m.

Ahora nos dicen que salgamos: que ya podemos ir a restaurantes, a cine y a conciertos, y a trabajar con “presencia plena”, para poder comprar, en días sin IVA, cosas que no necesitamos. Ahora, cuando no deja de llover, y justo cuando el año está a dos meses de acabarse, nos proponen recomenzar la vida que teníamos, y nos informan que, primero los trabajos y luego la vida social y cultural, recuperarán al cien por ciento su capacidad, como ya van al mil por ciento, sin esperar decretos oficiales, el tráfico y el transporte masivo.

Habíamos soñado –y temido también– este “comienzo” y ahora, en medio de la convicción que intentan transmitir las autoridades, nos sentimos incapaces de cumplir con sus mandatos, exactamente contrarios a los que decretaron hace meses. Ahora, cuando creemos que ya no tenemos que concentrar fuerzas en la lucha por sobrevivir, emerge un torrente de emociones que nos atemoriza y a veces nos aplasta. Los síntomas podrían asociarse con los del estrés postraumático, aunque quizás, aprovechando el permiso que cada primero de noviembre nos confiere el calendario para recordar a los difuntos, podemos identificarlos como parte de un estado antiguo y familiar que todos conocemos, y que se llama duelo.

Sería más sanador comenzar por saludarlo y albergarlo, para reconocernos como sobrevivientes de una catástrofe; para acariciar, no solo a nuestros muertos, sino las heridas y las pérdidas que nos ha dejado, hasta ahora, esta pandemia. Aunque nos burlemos hoy de las exageraciones en las que incurrimos, e incurrieron las autoridades en su obsesión por controlar lo que desafiaba sus mandatos y sus saberes, y se salía de su control, nos quedó flotando una sensación de vulnerabilidad que puso al descubierto, en buena hora, nuestras fragilidades personales, pero también nuestra situación como país. Y así como muchos pasamos de la supuesta madurez dorada a ser rotulados como población con comorbilidades, hoy somos conscientes –o deberíamos serlo– de esa misma condición de comorbilidad propia de Colombia.

La injusticia global que el virus puso de manifiesto nos ha hecho conscientes de una fragilidad que, más allá de la pandemia, nos impide hacerle frente a la adversidad y reafirma la inequidad de nuestro contrato social. Por eso es tiempo de recordar hoy las más de cien mil vidas que hasta ahora perdimos por covid-19 en Colombia, imaginar los duelos familiares ocultos en esa cifra, y asimismo revisar, entre los más de cinco millones de personas que han sido contagiadas, quiénes afrontan secuelas que requieren de tratamientos físicos y psicológicos, o de apoyo económico.

Las estadísticas que empiezan a divulgarse y que se extienden a los alarmantes porcentajes de desnutrición crónica en los menores de cinco años, al aumento de la mortalidad entre madres gestantes por causas evitables, a los índices de maltrato, abuso sexual, embarazo adolescente y reclutamiento de niños y niñas por parte de grupos armados ilegales, y también a las muertes asociadas con la falta de atención médica o de estímulo familiar, trazan una cartografía aterradora sobre las consecuencias del encierro, y sobre la falta de acompañamiento que afectó a los más vulnerables, con el cierre de los escenarios de atención integral para la primera infancia, de las instituciones educativas y del sistema de salud.

Si quisiéramos buscar similitudes, podríamos evocar esas imágenes que vemos en películas, ¡y también en las calles de Colombia!, de ejércitos enfermos, derrotados y heridos que regresan de una guerra. Por eso no es tan sencillo como decir que retornaremos a la vida normal que alguna vez fingíamos tener. Para muchos, esto es imposible sin ayuda. Pero no es solo por causa de la pandemia.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO aquí).

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