Auras anónimas

Auras anónimas

¿Qué lugar confiere Bogotá a la memoria y a las huellas de esas auras anónimas que nos duelen?

21 de octubre 2019 , 12:30 a.m.

"Cosas inútiles e inermes, silenciosas e inofensivas, pero percibidas como un peligro por el simple hecho de existir”. Así llama Nuccio Ordine, en su libro 'La utilidad de lo inútil', a esas creaciones del pensamiento y la imaginación que nos conectan con nuestra común humanidad y, más allá de ser objetos tangibles con significados fijos e iguales para todos, son una invitación a interpretar.

Esas obras de arte y del espíritu que, como “auras anónimas”, nos sobreviven para dejar resonando nuestras eternas preguntas y nos vinculan con los demás –no solo con los que estamos aquí y ahora, sino también con los que ya se fueron y con los que no han llegado aún– no tienen precio. No se miden en hectáreas, ni se calcula su valor con los mismos criterios con los que se compran semovientes. Para retomar las palabras que trinó el alcalde de Bogotá, unos “dibujos” de Beatriz González o unas “tumbas vacías”, según sus calificativos, no representan menos (ni más) que cierto número de esculturas de Botero ni tienen menor significado que una pirámide. No es esa la forma de ponderar el material inmaterial del que está hecho el arte: ese patrimonio al que le vamos otorgando sentidos entre todos.

Fue precisamente la declaratoria de bien de interés cultural del ámbito nacional, otorgada por el Consejo Nacional de Patrimonio a los columbarios aledaños al cementerio Central, que habían sido intervenidos por la artista Beatriz González para recordar a las víctimas sin nombre del Bogotazo y de esta guerra eterna, la que desencadenó una sucesión incontinente de trinos del alcalde. “En cocteles de Londres y París, artistas e intelectuales chapinerunos con expresión trascendental explicarán cómo su obra en lo que debió ser un parque expresa lo terrible de la violencia. No dirán que dejar a miles de niños y jóvenes sin parque causa drogadicción y violencia” fue el mensaje que más circuló en las redes, quizás por ser un monumento a los clichés sobre el trabajo cultural que autosaboteaba, además, las actividades culturales que, en esos mismos días, hacía Idartes en los parques.

El hecho de ubicar a un estereotipo de artista en Chapinero (una localidad en donde conviven tanta gente y tantos barrios), de atribuirle cierta pose (¡trascendental!) y de asociar cocteles (en Londres y París) con el trabajo riguroso, muchas veces arduo y mal remunerado, de tantos artistas en esta ciudad es tan banal que ni siquiera amerita una refutación. En cuanto a la segunda parte del enunciado, que reduce la prevención de la drogadicción y la violencia entre niños y jóvenes a la creación de un tipo específico de parque, se trata de una opinión personal poco informada que usa a los niños como carnada populista. Esas concepciones de infancia y de familia sin capacidad de simbolizar y sin interés por la memoria, y esa idea de recreación que excluye las experiencias artísticas por considerarlas reservadas a una supuesta élite, son una forma empobrecedora de restringir el ejercicio de la imaginación y de los derechos culturales.

¿Cuál es el lugar que esta ciudad les confiere a la memoria y a las huellas de esas auras anónimas que nos siguen doliendo? La inspiración que llevó a Beatriz González a proteger y a resignificar esos columbarios como un lugar ceremonial para esta ciudad tan necesitada de espacios de contemplación debería suscitar, al contrario de esos comentarios tontos y sarcásticos del alcalde, un inmenso respeto. Y no solo por ella, sino por todos, especialmente por los niños y los jóvenes. Quizás en esos espacios para conversar entre generaciones y dejar salir lo que nos duele se encuentren claves preventivas para inventar otras vidas: sagradas, plurales y distintas.

YOLANDA REYES

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