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Aporofobia

Aporofobia

El diccionario de la RAE aceptó esa palabra y Fundéu la eligió como palabra del año en 2017.

14 de noviembre 2021 , 09:59 p. m.

Bogotá. En un separador estrecho de la cien con séptima, una pareja arrastra un cochecito en el que va un bebé y del que cuelga un trapo rojo con la palabra ‘hambre’. El otro niño de la familia, de unos dos años, anda “suelto”, por el filo del separador, con esos pasitos típicos de una edad en la que el equilibrio suele estar a punto de romperse. Carros y buses pasan casi rozándolo, y el tráfico aterrador, que casi no se mueve, y que solo permite avanzar a veces a un promedio de cinco kilómetros, parece un factor protector en semejantes circunstancias.

El padre y la madre se ven tan ocupados intentando conseguir unas monedas, que si el chiquito diera un traspiés, tal vez no alcanzarían a atraparlo en el aire… o tal vez sí. Hay reflejos inimaginables que se activan al criar niños, y quizás son esos hijos los que impulsan a los padres a recorrer quién sabe cuántos kilómetros diarios con ese cochecito.

Unas cuadras más adelante, en el carril exclusivo para bicicletas, hay otro cochecito arrastrado por una mujer joven, casi adolescente, con dos niñas. Por sus colores desteñidos, su estructura y sus ruedas torcidas se infiere que no pertenece a una madre que esté haciendo un poco de ejercicio por el carril de bicicletas mientras lleva a sus niñas al jardín infantil –como sale en las imágenes publicitarias con los que sueñan los políticos–, sino a esa misma “familia de cochecitos” que sabemos ya reconocer (y clasificar, y estigmatizar) mientras tratamos de mirar para otro lado. Así como los malabaristas del semáforo, los mimos dorados, los mariachis, los conjuntos llaneros y los que simulan ser Plácido Domingo se han vuelto parte del paisaje urbano, aquellos cochecitos de los que cuelgan bolsas negras, morrales rotos y casas rodantes están atravesados por la misma brecha de inequidad y de invisibilidad que aquí se apodera de todo.

Más adelante, también en el carril de bicicletas, con el mismo trapo rojo y la misma palabra, hambre, va otro cochecito sin bebé, esta vez arrastrado por un vendedor ambulante. ¿Para qué sigo, si todos hemos visto, y tratado de no ver, esas escenas? Como un sinfín, la imagen se repite a lo largo del que –promete la alcaldesa– será el corredor verde de la séptima, en una Bogotá anunciada para un hipotético aniversario de un futuro en 2025, que será demasiado tarde para la urgencia de estos niños, y para el dolor de sus familias, pero también para el futuro real de una ciudad, de un país y de una región del continente que se ha negado a hacerle frente a esa catástrofe social repetida de generación en generación. Es imposible seguirla evadiendo, como bloqueamos en las redes sociales a la gente que no nos gusta. A menos que nos decidamos a verla y a nombrarla, y a darle cuerpos y voces y olores y dolores, ese es el verdadero ‘rénder’ del futuro.

La filósofa Adela Cortina se valió de dos vocablos griegos para crear una palabra, ‘aporofobia’, que nombra la aversión al pobre: a esa persona que, según criterios basados en transacciones económicas, no tiene recursos y, por ello (aparentemente) nada que ofrecer ni intercambiar. No solo el diccionario de la RAE aceptó esa palabra, sino que la Fundación para el Español Urgente –Fundéu– la eligió como la palabra del año en 2017.

Aporofobia: esa reciente palabra da nombre a una antigua catástrofe que no puede señalarse con el dedo, pero que conecta a todos esos cochecitos a lo largo de una avenida que está en el centro de nuestra patología social y que no es exclusiva de un carril de Bogotá. Solo nombrándola podremos averiguar sus causas y tomar una postura que afecta nuestra idea de democracia, de equidad y de derechos y que tiene que ver con la posibilidad de hacernos cargo… O de mirar para otro lado.

YOLANDA REYES

(Lea todas las columnas de Yolanda Reyes en EL TIEMPO, aquí).

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