A pie por la Gran Colombia

A pie por la Gran Colombia

En dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. 

26 de agosto 2018 , 11:47 p.m.

‘El éxodo venezolano atraviesa los Andes’, se titula un artículo sobrecogedor que escribió el periodista colombiano Santiago Torrado para el diario ‘El País’ de Madrid sobre la odisea de los migrantes que recorren cerca de 1.500 kilómetros desde Cúcuta, en la frontera nororiental con Venezuela, hasta Ipiales, en la suroriental, para pasar el puente de Rumichaca, entrar a Ecuador y continuar hacia Perú, o más allá.

Toma casi treinta horas hacer ese trayecto por carretera, y bastantes más si hay que hacer autostop, pero andar a pie requiere mucho más tiempo: quizás el mismo que les tomó hace dos siglos a los lanceros de nuestras guerras de independencia subir desde los llanos hacia la cordillera Oriental (descalzos, sin abrigo, tosiendo, llenos de picaduras y temblando de frío). Al igual que miles de desplazados que atraviesan tantos países de este mundo para salvarse de guerras, tiranías e inequidades (en pateras, como en el Mediterráneo; en trenes como La Bestia, que cruza Centroamérica hacia Estados Unidos, o en ‘flotas’ y tractomulas que serpentean por nuestras carreteras llenas de curvas y precipicios), los migrantes venezolanos andan con sus familias o van a reunirse con ellas en algún lugar de esta Gran Colombia.

En lo que va de 2018, mientras usted y yo estuvimos concentrados en nuestros asuntos y apenas nos fijamos en algún venezolano que tocaba un violín o un cuatro en alguna esquina de nuestras ciudades, veinte o treinta buses, cada uno con alrededor de cuarenta puestos, atravesaron nuestro país diariamente, de paso hacia Ecuador, según relata el artículo. La simple multiplicación da 1.200 personas al día, contando únicamente a quienes pueden pagar viajes en bus, pero en los días cercanos al 7 de agosto aumentaron a 8.000, con el rumor de que el presidente Duque planeaba cerrar la frontera. En la terminal alterna que ya existe en Ipiales para estos expresos –y que también vende comidas, abrigos, gorros de lana y todos esos productos relacionados con la “economía migratoria”–, alguien le dijo a Torrado que alcanzó a contar setenta y dos buses, y luego perdió la cuenta.

Lo que resulta sobrecogedor del artículo de ‘El País’, y lo que nos plantea un desafío no solo periodístico, sino humano a todos es asomarse a un drama del cual aún no hemos tomado plena conciencia y que, detrás de cada cifra, cuenta una historia particular, o mil historias de exilios, de pérdidas y despedidas. Una mujer embarazada que echa a andar con su pareja, como hace tantísimos siglos, en busca de un país en donde pueda nacer y vivir su hijo; una familia rota entre una frontera y un guardia, un bebé con un gorrito de lana y unos ojos brillantes que miran el nuevo mundo en los brazos de una madre con la mirada triste y perdida de cansancio son las imágenes que se multiplican por mil en nuestra frontera para volver a contar esa épica de la migración que, paradójicamente, se ve mejor cuando no se está cerca.

Así como muchas veces me he preguntado cómo se puede vivir cerca de una playa en la que naufragó un barco lleno de familias de inmigrantes o pasar diariamente por un refugio donde unos niños siguen esperando la reunificación familiar ordenada al gobierno Trump, hoy me pregunto en dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. ¿Cómo recordarán esos niños las imágenes de ese exilio que los marcarán durante el resto de sus vidas? ¿Qué circunstancias hacen que una familia ponga en riesgo a sus hijos para salvarlos del riesgo mayor de quedarse en su tierra? Como escribió la poeta anglo-somalí Warsan Shire: “Tienes que entenderlo: nadie pone a su hijo en un barco, salvo que el agua sea más segura que la tierra”.

YOLANDA REYES

Columnistas

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