Una charla callejera

Una charla callejera

La de mañana debería ser una jornada de reencuentro, de alegría y de pluralismo.

Por: Vladdo
19 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Durante un largo vuelo que tomé hace un par de días, me llamó la atención el resplandor de las pantallas en medio de la oscuridad del ambiente. Y al observar con un poco de detenimiento las imágenes de los monitores, era fácil ver que, prácticamente, cada persona tenía un programa, un juego o una película diferente. También se veía la variedad de posiciones en que la gente mataba el tedio frente a la pantalla. Unos estaban sentados muy derechitos; otros, enroscados en sus asientos; alguna, recostada en el hombro de su pareja; otros, escurridos, y los más elásticos, enrollados en las sillas. En síntesis, cada quien había escogido una opción distinta, pero nadie increpaba a su vecino, ni lo maltrataba ni lo insultaba por la elección que hizo.

Creo que esa escena reflejaba de cierta manera lo que deberíamos ser como país: una sociedad en la que todos tengamos derecho a tomar nuestras propias decisiones sin que nadie entre a cuestionarnos o a ponernos contra la pared por el simple hecho de pensar diferente.

Sé que al comparar la situación de Colombia con un viaje en avión, los más perspicaces van a traer a colación las condiciones de vuelo, el estado de la nave, la idoneidad de la tripulación y, desde luego, la pericia del piloto. O, peor aún, la falta de piloto. Sin embargo, como en este mismo espacio ya he hablado tanto de ese piloto –cuyo desempeño deja mucho que desear–, ahora me quiero concentrar es en los pasajeros y, sobre todo, en la conducta de los que vamos aquí, en la parte de atrás de la aeronave.

Esta manifestación debe ser un punto de partida para mirarnos mutuamente como sociedad y empezar a tender puentes con esos otros que conciben el mundo distinto

Prefiero comentar lo que hacemos todos en nuestra cotidianidad, en nuestras relaciones diarias con los demás, pues en estos tiempos de crispación política, seguimos sin saber manejar las diferencias ni las discusiones, que bien tramitadas deberían servirnos para crecer como individuos y como sociedad. Pero aquí eso no pasa, y en su lugar hemos convertido la diferencia en un pretexto para dejar de hablar con colegas, amigos o familiares solo porque no estamos viendo todos lo mismo en cada pantallita. O si hablamos con ellos es para reiterarles lo brutos o malvados que son, o para ponerlos en ridículo frente a los demás pasajeros, olvidando que ellos tienen el mismo derecho que nosotros, no solo a preferir una película distinta, sino a verla en la posición que quieran. Y en clase business, separados por el pasillo, hay pasajeros que se detestan entre sí y pretenden que todos veamos lo mismo que ellos están viendo, con el mismo volumen y sentados en la misma posición.

Es por todo eso que pienso que la marcha de mañana podría transformarse en una gran oportunidad. Más allá del motivo inicial de la convocatoria, en vez de un pulso de poder debería ser una jornada de reencuentro, de alegría, de diversidad, de pluralismo; que en vez del discurso de la ira o del resentimiento, podamos dar inicio a un diálogo abierto y sincero. Sería emocionante entablar una conversación que no sea interrumpida por el ruido ensordecedor de papas bomba ni por balas de goma; que no sea cortada por la injustificable rotura de vitrinas ni ahogada por los gases lacrimógenos lanzados indiscriminadamente. Es urgente poner en la agenda las necesidades y las inquietudes legítimas de los ciudadanos, pero sin que las calles se vuelvan escenario de una batalla campal.

Es más: esta manifestación –ojalá masiva, multitudinaria– no debería ser un fin sino un medio; un punto de partida para empezar a mirarnos unos a otros como sociedad y a tender puentes con esos que conciben el mundo distinto. Es con ellos con quienes tenemos que conversar; es con esos pasajeros con los cuales, gústenos o no, estamos ‘condenados’ a viajar en el mismo avión.

Mañana deberíamos iniciar una charla callejera.

puntoyaparte@vladdo.com

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