Un juguete de papel

Un juguete de papel

Ni el módem más moderno es suficiente para remplazar el aroma a papel y a tinta de los libros.

Por: Vladdo
21 de enero 2020 , 07:13 p.m.

Si hay un elemento que ha sido fundamental en mi vida estudiantil y profesional, es el diccionario. Más aún, en otros momentos, cuando leo un libro, una revista o un periódico, esas colecciones de palabras perfectamente ordenadas también terminan convertidas no solo en un gran complemento de esas lecturas, sino en instrumentos de primera necesidad. Y lo mismo me pasa cuando escribo, pues los diccionarios son una herramienta irremplazable a la hora de expresarnos mejor. Ahí encontramos esa expresión precisa que a veces no le llega a uno a la mente; gracias a los diccionarios logramos terminar esa frase que estaba inconclusa por falta de un término exacto.

En no pocas ocasiones, cuando me encuentro en casa, acudo a los diccionarios por un placer muy simple e intenso a la vez. Los agarro, los toco, los abro, los huelo, los miro con detenimiento, los vuelvo a cerrar... Y cuando estoy trabajando, es casi un hábito consultar los diccionarios impresos que he atesorado a lo largo de la vida y que guardo en un lugar muy especial de la biblioteca.

Aunque la tecnología nos ofrece hoy la posibilidad de revisar de manera casi automática nuestros escritos, me parece todavía muy placentero ese rito de levantarse de la silla e ir a sacar del estante un diccionario y empezar a ojearlo para buscar el significado de un vocablo desconocido o para reconfirmar la ortografía de otro.

Ni el módem más moderno ni el plan de datos más veloz son suficientes para remplazar ese aroma a papel y a tinta que expiden los diccionarios

No hay nada como coger el diccionario y empezar a pasar hojas, buscando la sección correspondiente a la letra de la palabra que necesitamos auscultar. Y mejor aún es perderse en un montón de expresiones novedosas o llamativas que se encuentran antes o después de la que buscamos y nos hacen desviar del objetivo original. El roce de los dedos a medida que uno va navegando por el canto del libro, pasando y pasando páginas, no tiene punto de comparación con la precisa pero impersonal búsqueda que se puede hacer con el teclado del computador o en la fría pantalla de un celular.

Ni el módem más moderno ni el plan de datos más poderoso son suficientes para remplazar ese aroma a papel y a tinta que despiden los diccionarios cuando uno los palpa y los recorre, ya sea por curiosidad o por necesidad. Y ni hablar del sonido de las páginas a medida que uno las va pasando. Dependiendo del material, la textura y el calibre del papel, y del tamaño de cada volumen, las hojas suenan de manera diferente. Algunas producen un sonido más bien seco; otras, un ruido más agudo y continuo; algunas emulan el ruido de la hoja de un sable al cortar el aire, mientras que otras escasamente se dejan oír.

Tal vez por ese antiguo hábito de tener que dejar siempre las cosas en su puesto, hoy en día, cuando estoy leyendo o escribiendo y tengo que revisar algo en el diccionario, después de realizar la consulta, en vez de dejarlo a la mano, o al lado del computador, suelo devolverlo a la biblioteca y ponerlo de nuevo en su lugar. Y si un rato más tarde necesito ver la definición de otra palabra o verificar su ortografía, el ritual se repite. Tratándose de un diccionario, no tengo el menor inconveniente en atravesar el estudio para ir hasta la biblioteca una y otra vez. Al fin y al cabo, como le pasaba a García Márquez, yo tampoco lo veo “como un libro de estudio, gordo y sabio, sino como un juguete para toda la vida”.

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Colofón. Después de las agrias polémicas alrededor de la nueva ministra de Ciencia y Tecnología, es indudable que la elección de Mabel Torres en ese cargo no fue una decisión muy afortunada de Iván Duque; máxime si se tiene en cuenta que en este país hay mucha gente idónea tanto en el sector académico como en el ámbito científico. ¿Qué pensará al respecto Marta Lucía Ramírez?

puntoyaparte@vladdo.com

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