Treinta años sin muro, pero...

Treinta años sin muro, pero...

En medio de las diferencias, prevaleció el interés de sacar adelante un nuevo proyecto de país.

Por: Vladdo
05 de noviembre 2019 , 07:14 p.m.

Si hay un país que sabe de conflictos, de paz y de reconciliación es Alemania. Particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, el pueblo alemán ha vivido un proceso que no ha sido sencillo en los aspectos económicos ni políticos, ni mucho menos en el ámbito social.

Una vez concluida la contienda, los alemanes tuvieron que emprender la difícil tarea de rehacer sus principales ciudades, que habían quedado reducidas a ruinas tras la derrota a manos de los aliados. Si bien es cierto que en ese esfuerzo de reconstrucción recibieron una valiosa ayuda extranjera, sobre todo de Estados Unidos, también es importante recordar que no todo el proceso dependía exclusivamente de lo material. De hecho, todo ese dispendioso proceso se llevó a cabo en medio de muchos matices y no pocas discusiones acerca de lo que se debía hacer, lo que se debía recuperar y lo que se debía borrar o dejar sepultado.

Sin embargo, en medio de las diferencias, que en algunos casos eran muy profundas, se impuso la sensatez y prevaleció el interés de sacar adelante un nuevo proyecto de país, labor que se hizo particularmente complicada tras la división de facto ocasionada por la falta de interés de la Unión Soviética que, en la práctica, se tradujo, en 1949, en la creación de dos países: la República Federal de Alemania (constituida en las zonas ocupadas por Estados Unidos, Inglaterra y Francia) y la República Democrática Alemana (la zona bajo dominio soviético).

El derrumbe de la cortina de hierro y la reunificación alemana significó una frustración para muchos habitantes de la antigua Alemania Oriental

Así las cosas, Alemania Occidental se recompuso política y económicamente con una relativa celeridad, a pesar de las cicatrices que había dejado la guerra en una sociedad que no se atrevía a mirarse a sí misma y a la que le costó trabajo confrontar su pasado inmediato. Pero tuvieron que pasar varias décadas, hasta los años sesenta, para que los alemanes empezaran a hablar sin rodeos del papel que muchos ciudadanos (padres y abuelos de las nuevas generaciones) habían desempeñado durante el régimen nazi. Y aunque no fue fácil, sí fue un paso muy importante para comenzar a encarar su historia y a buscar una manera de sanar heridas y de reconciliarse como sociedad.

Años más tarde, luego del entusiasmo que produjo la caída del Muro de Berlín, los alemanes se encontraron ante un nuevo desafío. El inesperado derrumbe de la cortina de hierro y la consecuente reunificación alemana, consumada en 1990, que en buena parte de Alemania Occidental y en otros países fue motivo de regocijo y celebración, para muchos habitantes de la antigua Alemania Oriental, lejos de ser una buena noticia, significó una nueva frustración.

Y sin importar el paso del tiempo, esta es una circunstancia con la cual hoy la sociedad sigue lidiando, tal y como puede apreciarse en las controversias que suscitan la inauguración de una placa, la construcción de un monumento o la restauración de cualquier edificio que tenga alguna relación con la guerra, con la persecución de los judíos o con el extinto régimen comunista.

No obstante, por muy acaloradas que resulten las polémicas, en muchas plazas, esquinas y rincones de la capital alemana es habitual tropezarse con monumentos que rinden tributo a las víctimas del Holocausto, monumentos que reflejan la división del país, esculturas que recuerdan los horrores de la guerra, etcétera... Todos estos elementos no solo sirven para preservar la memoria histórica, sino para darle contexto a la actualidad, para entender mejor la realidad.

Este 9 de noviembre, la conmemoración de los 30 años de la caída del Muro de Berlín, más allá de un festejo, es la refrendación del compromiso permanente de un pueblo que decidió seguir adelante, pero sin olvidar ni distorsionar su pasado, por muy doloroso y vergonzoso que resulte.

puntoyaparte@vladdo.com

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