Nostalgias telefónicas

Nostalgias telefónicas

El contestador automático era un ‘gadget’ imprescindible para alguien que viviera solo.

Por: Vladdo
16 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

El jueves pasado, como todas las semanas, después de aterrizar en las páginas editoriales de este periódico, mis ojos carretearon hasta el hangar donde el piloto Juan Esteban Constaín suele parquear esa aeronave en forma de pluma, en la que con frecuencia nos invita a hacer viajes sin destino fijo, pero con placer asegurado.

Esta vez, el aviador Constaín nos llevó a un recorrido en el tiempo que a muchos nos hizo desempolvar antiguos recuerdos de ese curioso artefacto llamado teléfono, a secas; sin apellidos como inalámbrico ni portátil, ni mucho menos celular. De aquellos aparatos que de verdad servían para acercar personas y no para aislarlas como ocurre ahora con los smart phones, que cada día nos embrutecen más.

Yo, por ejemplo, me acordé de mi casa en Chapinero y del teléfono de baquelita que pesaba como un yunque y que estaba siempre, por supuesto, en la ‘mesita del teléfono’, un mueble que ya no existe hoy en día y en cuya parte inferior se guardaban los dos volúmenes de los directorios telefónicos: las páginas blancas, que contenían el listado alfabético de nombres y empresas y sus respectivos números telefónicos, y el tomo de las páginas amarillas –mucho más grueso que el de las blancas– donde se encontraban solamente los números y anuncios de los negocios.

No olvido la emoción que cada año producía la llegada al barrio de las 'vans' de los señores de la ETB, que entregaban los nuevos directorios telefónicos y se llevaban los viejos.

No olvido la emoción que cada año producía la llegada al barrio de las vans de los señores de la ETB, que entregaban los nuevos directorios telefónicos y se llevaban los viejos; rito que se cumplía sagradamente en los primeros días de enero. En la casa, mis hermanos y yo nos peleábamos por ver qué traía cada nueva edición. A mí me enloquecía ese olor a tinta fresca y papel periódico, que nunca he podido sacar de mi mente.

En aquella época el único que tenía un smart watch era Dick Tracy, a quien uno veía con asombro en el cuadernillo dominical de ‘Las Aventuras’ de EL TIEMPO, mientras nosotros, los mortales, seguíamos con el vetusto teléfono negro. Luego llegaron los aparatos de colores chillones –entre los que sobresalían los de color naranja– y un tiempo después aparecieron los que tenían teclas, en vez de disco.

Cuando me fui a vivir por mi cuenta, a finales de los años ochenta, hubo dos cosas que hice y que me parecían fundamentales. Por una parte, me compré un cable como de cinco metros de largo para poderme llevar el teléfono a todos los rincones del apartamento. Lo otro fue adquirir un gadget que era imprescindible para alguien que viviera solo: un contestador automático; de Panasonic, para más señas. No había nada más emocionante que regresar en la noche a la casa y contar cuántas veces titilaba la luz roja, que indicaba la cantidad de mensajes que había grabados en el casete. Sentarse a rebobinar la cinta y oír las razones guardadas era una experiencia que no tenía parangón.

Por esos mismos años hubo otro descubrimiento que me producía más felicidad que la que siente un Fiscal General de la Nación, alardeando en su avión privado. Resulta que los jets de la aerolínea Aces tenían un teléfono público gratuito, desde el cual uno podía hacer llamadas a cualquier parte del país. El aparato estaba ubicado a la entrada, muy cerca de la puerta, y solo se podía usar una vez se apagaba el aviso de los cinturones de seguridad. Recuerdo la reacción de una amiga a la que llamé una vez, en un vuelo hacia Armenia. Cuando le conté que la estaba llamando desde el avión, me dijo, incrédula: “Ve a este, dizque llamando desde el avión. Usté es que me cree boba o qué...”. No la pude convencer.

En fin, capitán Constaín, son muchas las historias de las que tendremos que hablar relacionadas con el uso de aquellos teléfonos, pues esta conversación apenas comienza. Y otro tema puede ser el apartado aéreo, precursor de Amazon, que merece un capítulo especial.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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