Mi última clase de alemán

Mi última clase de alemán

Quedé maravillado al descubrir que los personajes de mi libro de alemán eran todos reales.

Por: Vladdo
05 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

En 1977, cuando empecé el curso octavo en mi colegio, me tocaba escoger un idioma adicional, además de inglés. Las opciones eran francés y alemán. Dada mi afición por la caricatura, y quizás entusiasmado por el origen de las marcas más conocidas de los instrumentos de dibujo (Pelikan, Rotring, Faber-Castell y Staedtler eran made in Germany), me decidí por el idioma de Schiller y Goethe. Así que durante cuatro años estudié alemán todos los días con profesores de Alemania, gracias a un convenio del Gobierno colombiano con la embajada de ese país.

Las innovadoras clases con los profesores Grooterhorst, Kärcher, Potgiesser y Reichert me permitieron darle rienda suelta a mi afición por Alemania y despertaron mi interés por su geografía, su cultura y su historia. En nuestro primer libro de texto, todo transcurría alrededor de una familia de apellido Schaudi que vivía en Cadolzburg, un pueblito del sur de Alemania que siempre quise conocer. Finalmente, en 2008, emprendí la travesía pendiente hacia esa zona de mi infancia.

Cadolzburg queda a menos de veinte kilómetros al occidente de Núremberg y tiene diez mil habitantes, incluida el ‘área metropolitana’; es tan pequeño que el tren llega a la estación y tiene que devolverse. A ese pueblo no se viaja por accidente. Al salir de la estación empecé a deambular por esas callecitas de mi adolescencia y sentí cierta familiaridad con el paisaje. Sin conocer a nadie, entré a una agencia de viajes, donde una señora muy amable –y con tiempo de sobra– se convirtió en mi guía. “Ah, ¿usted también?”, me dijo apenas le expliqué el motivo de mi visita. “Hace unos años vino de Londres otro señor que había estudiado con ese mismo libro”.

Entusiasmado por el origen de las marcas más conocidas de los instrumentos de dibujo, me decidí por el idioma de Schiller y Goethe.

Aunque me sorprendió ver esos parajes idénticos a los de mis lecciones de alemán, lo que de verdad me causó asombro fue descubrir en el improvisado tour que todos los personajes de mi libro eran reales. “Allí viven los Schaudi, pero Lieselotte está de vacaciones. Me habría gustado que se conocieran”, me decía la guía. “Allí quedaba la droguería Schilling y por allá, la pensión Bauer”, seguía explicándome, mientras yo la oía atónito.

Aunque ya todo era surreal, lo mejor ocurrió en el ayuntamiento. Mientras conversábamos con la secretaria de la alcaldía, apareció un hombre de unos 60 años, muy amable, que no hablaba nada distinto de alemán. Ni una sílaba. Nuevamente, la guía explicó el motivo de mi visita y cuando soltó la historia del consabido libro, la cara del señor se transformó.

“¿Usted se acuerda del señor Hühnermann?”, me preguntó, con una expresión a medio camino entre la curiosidad y la impaciencia. Al oír ese nombre, rebobiné la película y mi vida retrocedió 30 años en un instante. “¿Herr Hühnermann? ¿El que se quedó sin plata para pagar la cuenta donde los Bauer? ¡Claro que me acuerdo!”, respondí sin titubear, en mi alemán tropical. “Él era mi papá”, me contestó, con la cara iluminada. Fue el preámbulo de una larga conversación.

Ni corto ni perezoso, el joven Hühnermann –llamado Heinz– me invitó a su casa, así que me despedí de la guía y la funcionaria municipal, y partí con mi nuevo anfitrión. En una charla acompañada de café y galletitas junto a su esposa, intercambiamos comentarios y anécdotas, en un extenso diálogo, trabado a veces por mis tropiezos idiomáticos. La tarde se nos fue en relatos que compartimos como si fuéramos parientes lejanos que acababan de reencontrarse.

Al final, Heinz me llevó en su carro de vuelta a la estación, donde nos despedimos con un abrazo. El tren arrancó, y él seguía en el andén, enfundado en su camisa azul claro y su pantalón habano, agitando su brazo derecho con la mano abierta, mientras yo, emocionado, me secaba las lágrimas. Esa fue mi última clase de alemán.

VLADDO
- @OpinionVladdo

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