Las enseñanzas que no son

Las enseñanzas que no son

Esta epidemia ha impactado nuestra existencia de todas las formas posibles.

Por: Vladdo
26 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Hablar de las enseñanzas del coronavirus no solo me parece inexacto, sino insuficiente para describir las ingratas experiencias a las que hemos estado sometidos durante este último año. Sería demasiado romántico –y hasta ingenuo– creer que el covid-19 nos está dejando lección alguna, cuando en realidad lo que está es dándonos golpes fulminantes, cuya manifestación más dramática es la pérdida de vidas humanas.

Esta epidemia ha impactado nuestra existencia de todas las formas posibles. Para empezar, la vida se ha vuelto bastante monótona por causa de las restricciones para salir, ir a un café, asistir a eventos culturales, o, aunque sea, deambular por espacios públicos. Pasar tanto tiempo encerrados, con las mismas personas día y noche, compartiendo sí o sí amaneceres y atardeceres, se ha convertido para muchas familias y parejas en un verdadero calvario.

Trabajar todos los días desde la casa, no siempre en condiciones muy cómodas, no es el mejor plan ni va a fortalecer nuestro desarrollo profesional. Tomar clases virtuales, sin poderse encontrar con los amigos de la universidad o del colegio, no solamente es aburridísimo, sino que está deteriorando psicológica y académicamente a niños y jóvenes. Compaginar las labores caseras con los deberes estudiantiles y profesionales, aunque sea inevitable, es un atentado contra la eficiencia.

La quiebra de grandes empresas, el cierre de toda clase de negocios y la pérdida masiva de empleos no nos deja ninguna moraleja. Lo que nos deja es ruina y frustración.

Y si del plano familiar saltamos al ámbito social, el panorama no es que mejore mucho. No se puede saludar prácticamente a nadie sin correr riesgo de contagio. No poder dar la mano, no abrazar, no dar un beso de despedida son impedimentos que van en contra de nuestra naturaleza de animales de manada. Aunque en algunas situaciones la agarradera y la besuqueadera se hacen insufribles, por lo general esos gestos amigables o cariñosos suelen darse entre personas del entorno familiar o laboral. Sin embargo, ya prácticamente no hay ambientes seguros y hoy por hoy la cercanía es un factor de riesgo, incluso en la propia familia. Es lamentable, por no decir triste, no poder chocholear a los viejos de la familia y, en muchos otros casos, no poderlos visitar, o tener que verlos de lejitos.

Tampoco podríamos decir, sin incurrir en un acto de soberana estolidez, que la quiebra de grandes empresas, el cierre de toda clase de negocios –empezando por restaurantes grandes, medianos y pequeños– y la consiguiente pérdida masiva de empleos nos deja alguna moraleja. Nada de eso. Lo que nos deja es ruina y descontento; lo que está quedando es una estela de desesperación y angustia entre millones de empresarios, inversionistas y nuevos desempleados que ahora se encuentran ante un futuro incierto.

No obstante, por encima del distanciamiento ‘obliguntario’ y más allá del desastre económico en el cual estamos hundidos hasta el cuello, lo más doloroso es la pérdida de vidas. En Colombia, el coronavirus ya ha duplicado el número de fallecidos en la tragedia de Armero, y cada día muere en el país la misma cantidad de personas que caben en dos aviones Airbus A320. Razón de sobra para tener el corazón a media asta.

Lo peor es que no hay solución a la vista: ni para prevenir los contagios ni para atender a los pacientes. De la euforia decembrina por la anunciada compra de la vacuna pasamos a la frustración y a la incertidumbre de enero, con las cifras de infectados disparadas, mientras los funcionarios del Gobierno se tiran la pelota mutuamente, sin resolver nada.

Y, para completar, cada día los casos mortales son más cercanos, y en la lista de fallecidos ya no solo hay conocidos, sino amigos y parientes, que nos recuerdan que esta peste no nos está dando lecciones sino mazazos. No nos está dejando aprendizajes sino ausencias y desolación...

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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