La presencia de Garzón

La presencia de Garzón

Jaime tenía un poder de convocatoria que cualquier político envidiaría.

Por: Vladdo
13 de agosto 2019 , 07:19 p.m.

Al amanecer del 13 de agosto de 1999, una llamada de mi hermana cortó mi sueño de un solo golpe. Eran casi las seis de la mañana, y su respiración agitada al otro lado de la línea me dejó sentado durante unos segundos; la tensión en su voz me daba un mal pálpito. Por instantes pensé que me iba a dar alguna mala noticia relacionada con alguien de la familia, pero antes de que yo pudiera elaborar cualquier teoría, ella disipó mi incertidumbre con una frase que zumbó en el aire como un latigazo: “Mataron a Jaime Garzón”. “¿Que qué...?”, le respondí todavía aturdido. “Lo acaban de decir en las noticias, y, como era amigo suyo, quería avisarle”, agregó.

Tras la llamada salté de la cama. En las emisoras todo era caos; lo mismo en la televisión. Entre boletines de última hora y voces atropelladas, los reporteros de las emisoras y los canales iban soltando detalles de ese asesinato que hizo a Colombia un poco más pequeña y elevó a Jaime a la inmortalidad.

Hay que recordar que aquella era una época marcada por la sangre y la violencia provenientes de todos los flancos. Desde comienzos de la década de 1980, la guerrilla, la mafia, los ‘paracos’ e incluso agentes del Estado parecían confabulados para llenar de zozobra el país, para sembrar el caos, para desterrar la esperanza. En esos años de angustia permanente, veíamos con impotencia y horror cómo las balas segaban la vida de decenas de dirigentes políticos, líderes empresariales, sindicalistas, sacerdotes, periodistas y gente de a pie. Los ataques con carros bomba perpetrados por los carteles de la droga eran pan de cada día, al igual que el secuestro de connotadas figuras de la sociedad; las emboscadas contra el ejército y las tomas de pueblos a manos de la guerrilla eran rutinarias, y el sicariato era noticia habitual.

Garzón usó su inteligencia como una poderosa herramienta para burlarse del poder y de la autoridad; nunca cayó en el facilismo de mofarse de los pobres, los débiles o los marginados

Pero, a pesar de ese panorama desolador, en medio de ese desbarajuste social, de esa violencia aparentemente normalizada, el atentado que acabó con la vida de Jaime retumbó como pocas noticias por todo el país, pues con su irreverencia, su agudeza y su ingenio se había ganado un lugar especial en el corazón de los colombianos. Y no era para menos, pues con su particular estilo, Jaime convirtió su inteligencia en una poderosa herramienta para burlarse del poder y de la autoridad; nunca cayó en el facilismo de mofarse de los pobres, los débiles o los marginados. Lo suyo era derrumbar pedestales, tarea que realizó impecablemente no solo con su demoledora retórica en cuanto foro se presentaba, sino con las imprudencias de Néstor Helí, las recetas de Dioselina Tibaná, el descaro de Godofredo Cínico Caspa, la frivolidad de Inti de la Hoz y las impertinencias de Heriberto de la Calle.

Y en este punto, no está de más repetir cosas que ya he escrito sobre Jaime y lo hacían único. Por ejemplo, que era un tipo intenso en todo: en sus amores, en las cabinas de radio, en las reuniones sociales. Era intenso cuando contaba sus inagotables anécdotas describiendo toda clase de detalles o acudiendo al histrionismo para exagerar las situaciones cómicas y hacernos explotar de la risa a todos los que tuvimos el privilegio –¡y la paciencia!– de escucharlo. Con él era necesario estar atento todo el tiempo para no perder el hilo de sus frenéticos relatos, siempre salpicados de humor.

Jaime se adelantó a la historia, pero lo condenaron a no vivirla. Si alguien quiere recordar el arraigo de Garzón entre la gente, solo tendría que repasar la indignada reacción de los colombianos al conocerse su asesinato o las imágenes de las calles colombianas el día de su sepelio. Aun después de muerto, tenía un poder de convocatoria que cualquier político envidiaría. Sin embargo, ninguno de estos personajes tiene las agallas, la inteligencia ni la gracia que lo distinguían a él.

Jaime sigue entre nosotros.

puntoyaparte@vladdo.com

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