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La llave de la felicidad

La llave de la felicidad

La rutina de revisar el buzón del computador no es comparable con la emoción de recibir una carta.

Por: Vladdo
06 de julio 2021 , 09:25 p. m.

Desde hace varios días, en uno de esos retos que circulan en redes sociales, hay una invitación a mencionar algo que los jóvenes de hoy no entiendan. Aunque algunos de esos desafíos me parecen más simpáticos que otros, casi nunca participo en esos juegos, porque me parecen una soberana perdedera de tiempo. Ya suficiente tengo con las distracciones derivadas de conectarme a las redes a monitorear lo que pasa en el mundo virtual, como para sumarle otras actividades que no conducen a nada.

Al ver la mencionada convocatoria se me vinieron a la mente muchas cosas, palabras y eventos desconocidos o, en el mejor de los casos, exóticos para la mayoría de los adolescentes y adultos jóvenes que viven metidos en Tik Tok, Instagram, Facebook, Twitter, etcétera.

Para no extenderme demasiado, me circunscribo al mundo de las comunicaciones, tan desfigurado por las consabidas redes sociales. Hoy por hoy, cosas que antes eran habituales para los que superamos el medio siglo de edad, como un telegrama –para no hablar de un marconi–, son desconocidas para las nuevas generaciones. Y ni qué decir de términos como llamada por cobrar, servicio de larga distancia o discado directo nacional o internacional.

Antes, las relaciones familiares, sentimentales, sociales, laborales –e incluso las comerciales–, contaban con un ingrediente fascinante: el correo postal.

Todas estas expresiones están asociadas a recuerdos de la juventud o la niñez, cuando comunicarse con amigos o familiares que estaban lejos eran un privilegio; pues solo había, si acaso, un teléfono por casa, y las llamadas a otras ciudades eran carísimas, y a otros países, impagables.

Pero, aun sin el uso de ninguna clase de artefacto, en aquella época las relaciones familiares, sentimentales, sociales, laborales –e incluso las comerciales– contaban con un ingrediente fascinante: el correo postal. Nuestra actual rutina diaria de revisar el buzón del computador o del celular no tiene punto de comparación con la emoción que producía recibir una carta.

La llegada a nuestras manos de esos delicados envoltorios con borde azul y rojo era el comienzo de un rito en el que se juntaban la ansiedad, la alegría y la curiosidad. Vale la pena recordar que en ese entonces uno podía reconocer con facilidad la letra del remitente, y cuando se recibían varias cartas en un solo envío, cosa que no era tan común, uno las organizaba por orden de importancia: primero las de amor, después las familiares y al final todas las demás.

Lo primero que yo solía hacer al recibir un sobre era examinarlo con la mano, para calcular qué tan pesado era. Por supuesto, el nivel de adrenalina era directamente proporcional al volumen del envío. Acto seguido, y antes de abrirlo, lo examinaba a trasluz, a ver si la misiva tenía muchas hojas, o si venía con fotos, caso en el cual el pecho se estremecía con los latidos del corazón. Luego, procedía a rasgar con cuidado de cirujano el extremo derecho del sobre para sacar el contenido sin romper las hojas y por último me sentaba a leer con avidez cada línea del mensaje.

Al principio, este intenso pero breve ritual se llevaba a cabo en mi casa, pero cuando llegué a la edad adulta todas esas emociones se trasladaron a las oficinas de Avianca, en la calle 57 de Bogotá, donde tenía mi apartado aéreo; otro concepto que los jóvenes de hoy no alcanzaron a conocer, pues este servicio prácticamente murió con el siglo XX, cuando la aerolínea y el Gobierno terminaron el contrato para la administración de correo, a mediados de 1999.

A pesar de que apenas lo revisaba un par de veces por semana, operación para cual usaba una llave en vez de una contraseña, fueron numerosas e inmensas las alegrías que recibí en ese pequeño buzón. Sin ninguna duda, la diminuta puerta de aquel casillero era la entrada a un mundo de felicidad.

En fin, aunque me marginé de la mencionada dinámica tuitera, no puedo negar que me alborotó la nostalgia.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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