Harry’s Bar y una tarde para olvidar

Harry’s Bar y una tarde para olvidar

En los restaurantes se teje la memoria de sus comunidades, de sus ciudades.

Por: Vladdo
14 de julio 2020 , 09:25 p. m.

Hace un par de semanas, poco después del mediodía, por casualidad, pasé frente al local que desde 2005 ocupaba Harry’s Bar en el barrio Quinta Camacho, ese apacible y tradicional barrio, donde esta vez el panorama era desolador, tras el inevitable cierre del que fuera uno de los símbolos gastronómicos y sociales de Bogotá.

Días antes, su propietario, Harry Sasson, había anunciado también la clausura de Balzac, otro restaurante icónico que había fundado en la zona T, en compañía de Leo Katz, otro de los restauranteros insignes de la capital, que también está sufriendo los rigores de esta crisis. Al igual que los hermanos Rausch, Andrés Jaramillo y tantos otros empresarios de este sector, que a lo largo y ancho del país han visto cómo sus negocios se vienen a pique en medio de la cuarentena, dejando a miles de familias sin ingresos y borrando de un tajo los múltiples recuerdos y vivencias con los que se teje la memoria de sus comunidades, de sus ciudades.

Aunque la tarde estaba soleada y el clima capitalino era agradable, un escalofrío me recorrió de arriba abajo, al ver el camión estacionado afuera, mientras los empleados del restaurante organizaban los muebles para trasladarlos a una bodega. Con una mezcolanza de sentimientos y emociones, entré a echarle la última mirada a ese sitio que en tantas ocasiones había visitado y donde fui testigo (y a veces partícipe) de muchos momentos emotivos: desde reuniones familiares y encuentros de trabajo hasta el inicio de nuevos planes o la caída de un proyecto, pasando por celebraciones de grados, lanzamientos de campañas políticas, festejos por un premio o comidas solitarias a la carrera.

En este lugar, políticos, empresarios, periodistas, actores, comensales anónimos, consumidores habituales o visitantes ocasionales eran tratados con igual deferencia.

Fue muy impactante recorrer esos espacios desocupados, mientras los muchachos con cara de resignación empacaban las mismas mesas que hasta hace apenas unos meses atendían con tanto profesionalismo y amabilidad, bajo la atenta supervisión de Saúl –el hermano de Harry–, que desde la entrada a la cocina y con su característico trapo amarrado a la cintura fungía también de anfitrión, sin perder detalle del servicio. Ningún plato se servía sin su visto bueno; a ningún cliente le negaba una sonrisa, ni siquiera en los peores trances. Políticos, empresarios, periodistas, actores, comensales anónimos, consumidores habituales o visitantes ocasionales eran tratados con igual deferencia.

Empujado por un arranque de masoquismo, me puse a caminar entre mesas y sillas arrumadas y cajas a medio cerrar, mientras los atareados Hernando, Michelle, Orlando y sus compañeros saludaban con su habitual cordialidad, pero impregnada de resignación. Aunque fue muy triste ver desiertos los salones donde por años se sentaron a manteles personajes de todas las tendencias ideológicas, lo que más me conmovió fue ver desmantelada la cocina donde Juan Esteban y sus ayudantes aderezaron tantos platos con su esmero. Para ellos no existía la palabra ‘no’ y le ponían el mismo cariño a la preparación de un elaborado plato de mariscos que a una simple porción de arroz blanco con huevo frito, como la que pedía yo de vez en cuando. Al cabo de unos minutos, los ojos se me aguaron y tuve que abandonar el sitio, antes de que la voz se me quebrara.

Ese martes, todo fue nostalgia. Atrás había quedado la mesa redonda que Yamid Amat reservaba dos veces por semana, donde armaba ‘parche’ con los más disímiles contertulios. También pasaron a la historia los almuerzos informales con recetas caseras, no incluidas en la carta, que la Nona organizaba con su familia y sus invitados espontáneos.

El lamentable cierre de Harry’s Bar nos deja un cúmulo de anécdotas vividas en un lugar encantador donde, además, se tomaron muchas decisiones de la historia reciente del país. Ojalá no sea un adiós, sino un hasta luego.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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