Había una vez unos líderes...

Había una vez unos líderes...

Las cumbres mundiales no son más que una farsa, un festival de la hipocresía al más alto nivel.

Por: Vladdo
04 de diciembre 2018 , 07:00 p.m.

Hubo una época en que uno podía creer en los dirigentes mundiales. Ya fuera por temor, respeto, desprecio o admiración, sus acciones nunca pasaban inadvertidas. De hecho, cuando ellos se reunían se producían noticias, pasaban cosas importantes, el planeta entero observaba con expectativa cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada imagen proveniente de esas famosas cumbres. Y ni se diga de los encuentros entre los líderes de las dos grandes potencias de la posguerra, que rivalizaban por el control político y militar del orbe...

Infortunadamente, todo eso se acabó y hoy, por culpa de ellos mismos, los dirigentes que ahora llegan al poder –sobre todo en las democracias occidentales– ya no inspiran admiración ni respeto; ni siquiera curiosidad.

Recuerdo esas citas que se ponían, por ejemplo, Reagan y Gorbachov a mediados de la década de los 80 y todo el misterio y la fascinación que se generaban a su alrededor. Cada parpadeo de esos señores era seguido por las cámaras y los enviados especiales, porque suscitaban un verdadero interés en todos los rincones del planeta. En medio de la Guerra Fría, tales encuentros eran todo un acontecimiento, casi comparables con las primeras noticias de la conquista espacial o con la final de un mundial de fútbol.

Los asuntos más delicados no se incluyen en la agenda y aquellos que se tocan sólo son abordados por los laditos, para no herir susceptibilidades.

Pero, repito, de eso no queda nada. La solemnidad, la intriga e incluso el suspenso de aquellas jornadas ya no se ven en las cumbres de la actualidad. Así como tampoco se ven claros los propósitos ni las temáticas de esas reuniones, que hoy por hoy no son más que una farsa, un festival de la hipocresía al más alto nivel, pues al fin y al cabo los asuntos más delicados no se incluyen en la agenda y aquellos que se tocan solo son abordados por los laditos, para no herir las susceptibilidades de tal o cual mandatario.

Ahora bien, supongamos que en aras de defender el multilateralismo, esos encuentros –como el del G20 que acaba de realizarse en Argentina– son indispensables para que los personajes que manejan la política global, los que toman las más importantes decisiones, lleguen a un entendimiento y hagan este mundo más vivible.

Así las cosas, ¿de qué fueron a hablar? ¿De democracia? No me explico qué aporte podría hacer al respecto Xi Jinping si en la China, la democracia brilla por su ausencia... ¿De qué hablaría Recep Tayyip Erdogan? ¿De la libertad de prensa en Turquía, donde ni siquiera los caricaturistas se salvan de ir a parar a la cárcel por atreverse a criticar el régimen? ¿A qué fue Mohamed bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia? ¿A disertar sobre derechos humanos, a pesar de que llegó a la cumbre con el rótulo de autor intelectual del asesinato del periodista Jamal Khashoggi? ¿Y qué podría esperarse del impresentable Donald Trump? ¿Que impartiera lecciones de política migratoria y política incluyente? ¿Y de Vladimir Putin? ¿Que diera cátedra sobre cómo ser un buen vecino…? Desde luego, tratándose del mundo de lo políticamente correcto, en el cual muchos tienen rabo de paja, nadie criticó abiertamente a nadie y los más demócratas sonreían mientras posaban junto a los peores tiranos, en ese revoltijo de presidentes y primeros ministros, sátrapas y monarcas en ciernes, donde lo único que a la larga tiene importancia es el vil dinero. Pero de eso no se habla en público ni mucho menos se deja constancia; ni tontos que fueran.

Y, como en todas las cumbres, al cierre se expidió una inocua declaración final, repleta de lugares comunes y de propuestas obvias que a final de cuentas nadie cumple, porque en la práctica ningún país se compromete a nada. Así ocurrió en Buenos Aires y así ocurrirá en Osaka, el año entrante, en la próxima reunión del G20, que seguramente será igual de insulsa e intrascendente.

@Vladdo

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