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Esas cosas sin importancia

Esas cosas sin importancia

Es muy gratificante dejarse sorprender con las experiencias simples de la cotidianidad.

Por: Vladdo
13 de abril 2021 , 09:25 p. m.

Hace sesenta años, cuando Yuri Gagarin le dio la vuelta a la Tierra, no solo se consagró como el primer humano en salir al espacio sino que debió convertirse en la envidia de muchos mortales que, al igual que él, querían darse ese gustico. Y al hablar de todos esos que hubieran deseado estar en su lugar, en la Vostok I, tengo que admitir que siento una especie de envidia retroactiva, ya que, aunque yo no había nacido en ese momento, también he soñado siempre con hacer un viaje espacial, fantasía en la que no debo ser muy original y que, obviamente, quedará como otra asignatura pendiente en mi vida.

Tuvieron que pasar ocho años para que la hazaña del piloto soviético fuera igualada –y en cierto modo superada– por Neil Armstrong y Edwin Aldrin cuando en julio de 1969 pisaron la Luna por primera vez, mientras el pobre Michael Collins los observaba desde su cápsula espacial. (Siempre me ha parecido muy heroico, y estoico, el papel de Collins en esa misión. Imagínense uno, pegarse un viaje de cerca de 400.000 kilómetros, llegar casi a la superficie de la Luna, y no poderse bajar. Eso sí es mucho amor a la causa...). En esa ocasión yo sí fui testigo de semejante aventura, al igual que otros 600 millones de terrícolas que, gracias a la televisión, pudimos ver aquellas imágenes, similares a las ecografías –borrosas y en blanco y negro–, y con una emoción parecida a la que experimentan unos papás primíparos cuando ven unas manchas moviéndose en cámara lenta, que son nada más y nada menos que las primeras fotos de su bebé.

Y aunque gracias a los cosmonautas y a los astronautas los humanos de todo el planeta hemos podido vivir en cuerpo ajeno unas experiencias fascinantes, que no tienen nada que ver con nacionalidades, ideologías, razas ni religiones, no todas las vivencias tienen que ser siderales para que los humanos normales las disfrutemos al máximo.

La capacidad de asombro puede ser la mejor vacuna contra la indolencia y la soberbia, que aquejan a los periodistas y a una buena parte de la sociedad.

Durante los años que trabajé para El Siglo se oía con frecuencia en la sala de redacción una recomendación que Álvaro Gómez hacía con insistencia: “Un periodista no debe perder nunca la capacidad de asombro”. Con esa frase, Gómez quería inculcarnos la relevancia de las cosas aparentemente sin importancia, para que nadie se acostumbrara a la violencia, la corrupción, los atentados, las catástrofes, etcétera. Era una invitación a fijarse en los detalles, a no dárselas de ‘sabelotodo’ en una época en la que no existía la conectividad de hoy, pero en la que ya algunos se dejaban llevar por una superficialidad o una sobradez que les hacía ver como normales o triviales asuntos o conductas que deberían ser inaceptables.

De hecho, vista a la luz de hoy, esa capacidad de asombro de la que Gómez tanto hablaba puede ser la mejor vacuna contra la indolencia y la soberbia, males que en los tiempos que corren aquejan no solo a los periodistas, sino a una buena parte de la sociedad, y que pueden contrarrestarse a punta de humildad y curiosidad.

Claro que más allá de la vida profesional también es muy gratificante dejarse sorprender con las experiencias simples de la cotidianidad, como las que hemos vivido en medio de la pandemia. Por ejemplo, antes de los confinamientos, cuando las cuarentenas solo se veían en películas distópicas, quién se iba a imaginar el placer que produce salir a la calle. Tuvimos que padecer meses de encierro para aprender a valorar algo tan elemental como recorrer un andén, pisar el pasto o atravesar una avenida. Y ni hablar de la añoranza que sentimos ahora por los familiares, amigos o colegas, a los que hemos dejado de ver y cuya presencia antes no sabíamos apreciar.

En fin, al margen de los sueños espaciales, deberíamos entender que no necesitamos despegar los pies de la tierra para asombrarnos con toda la vida que hay en las cosas pequeñas.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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