Entre la prepotencia y el populismo

Entre la prepotencia y el populismo

En su nuevo mandato Peñalosa sigue igual de prepotente, pero su gestión es aún más calamitosa.

Por: Vladdo
19 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

En su primer período en el Palacio Liévano, Enrique Peñalosa no se distinguió propiamente por su humildad ni por oír a la ciudadanía, sino por su prepotencia y su testarudez. Y, como maña vieja no es resabio, en este mandato él sigue cultivando esas virtudes, con el agravante de que ahora su gestión es aún más calamitosa.

Hay numerosos ejemplos que demuestran que a Peñalosa esta ciudad le quedó grande y que su fama de gran administrador y avezado urbanista es inmerecida. Empecemos por la crisis del tránsito. Según decía en su campaña de reelección, “la movilidad es un tema político, no es un tema técnico. Si les damos carriles exclusivos a los buses en todas las vías por donde se muevan, en un mes arreglamos el tema de la movilidad de cualquier ciudad”. No obstante, han pasado casi 40 meses de su nueva alcaldía y el caos habla por sí solo.

Aunque el espacio no me permite extenderme demasiado en este asunto, tengo que hacer referencia a la contaminación del aire en la ciudad, tragedia que la alcaldía trata de minimizar, debido al alto impacto de los buses de TransMilenio, que Peñalosa insiste en embutirnos a como dé lugar.

Se pueden citar numerosos ejemplos para demostrar que a Peñalosa esta ciudad le quedó grande y que su fama de gran administrador y urbanista es inmerecida.

También podríamos hablar de la tala indiscriminada de árboles, de la promesa hasta ahora incumplida del metro o del exabrupto de la troncal de TM por la 7.ª. Y ni qué decir del desastre de las losas de la autopista Norte –herencia de su primera administración–, las cuales seguimos y seguiremos reparando ad infinitum, debido a la deficiencia en su construcción, proceso en el que este tecnócrata se lavó las manos.

Otro asunto irresuelto de su anterior mandato es la cacareada expropiación de la cancha de polo del Club del Country, dizque para hacer un gran parque para el disfrute ciudadano. Como era obvio, la propuesta de quitarles a los ricos para darles a los pobres arrancó muchos aplausos en la tribuna. Y después dicen que los populistas son otros.

Sin embargo, el proceso no ha estado exento de enredos y tras casi veinte años esta es la hora en que el Distrito no ha pagado un solo peso por esas 7 hectáreas, de las cuales tomó posesión hace ya varios años.

Pero eso no es todo. Desde cuando se produjo la expropiación, el avalúo catastral de ese terreno se fue incrementando exponencialmente y pasó de los 10.000 millones de pesos iniciales que determinó el IDU hasta 86.000 millones de pesos, canon sobre el cual se le ha cobrado al club el impuesto predial.

Curiosamente, en los últimos dos años y en medio de la disputa, dicho avalúo se redujo a 15.000 millones, a pesar de que en 2017 un perito avalado por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi tasó su valor en 198.000 millones de pesos. La justificación del IDU es que ahora ese terreno está clasificado como un parque, o espacio público, y no como una propiedad comercial.

Sin embargo, al mismo tiempo el avalúo del resto del club pasó de 500.000 millones de pesos a 1,2 billones de pesos, movida que resulta muy curiosa y que alguien mal pensado podría ver como una retaliación de la Administración Distrital o una maniobra para ‘ablandar’ a esta centenaria institución.

Hasta donde tengo entendido, aunque los socios del Country Club de Bogotá ya asimilaron la pérdida de la cancha de polo, lo que esperan es un pronto arreglo y que el Distrito les pague una suma razonable, que planean invertir en adecuaciones para integrar sus instalaciones con el entorno del barrio en que se encuentran y que faciliten el tránsito hacia la calle 134 y demás áreas vecinas del club.

Además, dicho arreglo le permitiría al Distrito adelantar por fin las obras que se requieren para que ese terreno no siga siendo simplemente una zona verde y se convierta en un parque, tal y como lo prometió el alcalde hace tanto tiempo.

Por lo demás, Bogotá está divinamente, caray.

@OpinionVladdo

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