El señor de los mandados

El señor de los mandados

Duque usó su imagen bonachona para camuflar su perfil politiquero y calculador.

Por: Vladdo
12 de marzo 2019 , 07:53 p.m.

Desde el triunfo del No en el plebiscito, yo no había sentido una desazón tan grande como la que me invadió el domingo pasado, tras el discurso de Iván Duque, en el cual oficializó sus objeciones a la ley estatutaria de la JEP. No voy a detenerme en las discusiones jurídicas del gran error cometido por el presidente; para eso tenemos las observaciones lúcidas y puntuales de dos especialistas: el exministro de Justicia Yesid Reyes y la representante a la Cámara Juanita Goebertus, quienes han explicado una y otra vez el contenido y el significado de esa medida, así como sus repercusiones.

En lo que sí me quiero detener es en el alcance político de esta decisión del mandatario. Sus objeciones envían un mensaje muy preocupante –por la incidencia negativa en la implementación del acuerdo de paz con las Farc– y sientan un pésimo precedente al desconocer de manera olímpica una norma ya debidamente tramitada por el Congreso y revisada por la Corte Constitucional. Es decir, Duque se jacta de respetar la separación de poderes, pero a renglón seguido propicia un choque de trenes.

Desde la secretaría privada hasta las embajadas, desde el Departamento de Prosperidad Social hasta el Centro de Memoria Histórica; Duque fue llenando su administración de uribismo puro y duro

Esta vez, como no se había visto en sus siete meses de mandato, el Presidente quedó retratado de cuerpo entero como el más fiel e incondicional servidor de Álvaro Uribe, quien ahora se presenta como un magnánimo dirigente, como un venerable abuelo preocupado por el bienestar del país, lo cual dista mucho de la realidad. Recordemos que el expresidente habla, se viste y se presenta como un humilde campesino, a pesar de ser un acaudalado latifundista. (Y lo peor es que muchos le creen.)

En algún momento de la carrera presidencial del año pasado, yo –al igual que otros observadores del acontecer político– llegué a creer que Iván Duque era el menos radical de los candidatos del Centro Democrático. A medida que sus posibilidades crecían en las encuestas, con su discurso amable daba a entender que era alguien relativamente sensato en sus posiciones; más centrado que muchos de sus copartidarios, reconocidos por un estilo camorrero y obcecado.

Al consumarse su victoria en la segunda vuelta –aunque me mortificaba el regreso del uribismo al poder– alcancé a albergar la esperanza de que, pese a encontrarse en una posición diametralmente opuesta a mis convicciones, Duque podría liderar un gobierno sin el sectarismo característico de las huestes del Centro Democrático; no creí nunca que tuviera las agallas para rebelarse contra su presidente eterno, pero sí pensé que hasta cierto punto sería posible esperar de su parte una gestión moderada e incluyente y, sobre todo, conciliadora y sin sectarismos, como lo pregonó en la campaña.

Sin embargo, esa percepción se empezó a desmoronar con sus primeros nombramientos. Desde la secretaría privada hasta las embajadas, desde el gabinete hasta la Superintendencia de Salud, desde el Departamento de Prosperidad Social hasta el Centro de Memoria Histórica; todo se fue llenando de uribismo puro y duro. Y en consonancia con esas designaciones, la sombra de su patrón empezó a oscurecer todos los actos del nuevo gobierno mientras las promesas de campaña quedaban hechas trizas; olvidó que iba a reducir impuestos, que estaba en contra del fracking, que iba a honrar las negociaciones de La Habana y a construir sobre lo construido.

Al mejor estilo turbayista, Duque usó esa imagen conciliadora, sencilla y bonachona, para camuflar su perfil politiquero y calculador. Y en su afán de congraciarse con su mentor supremo desoyó los pedidos de especialistas jurídicos, de muchas víctimas, de la Corte Penal Internacional, de la ONU, de la Procuraduría y de no pocos observadores internacionales. Desperdició la oportunidad de actuar como estadista para consagrarse como el señor de los mandados de El Ubérrimo.

@OpinionVladdo

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