El remedio, peor que la enfermedad

El remedio, peor que la enfermedad

Quizás, la anhelada aparición de las vacunas ha llevado a muchos a bajar la guardia.

Por: Vladdo
05 de enero 2021 , 09:25 p. m.

Luego de tantas afugias a las que nos hemos visto sometidos, decir que la llegada del coronavirus nos ha modificado la vida es un lugar común. De uno u otro modo, la sociedad en su conjunto ha padecido en su cotidianidad el impacto de estos cambios inesperados. Desde los presidentes de las más importantes compañías hasta los empleados que ganan el salario mínimo, tanto en el sector público como en el privado, todos hemos tenido que aprender nuevas formas de actuar e interactuar en nuestras actividades, para adaptarnos a unas circunstancias que parecen extraídas de relatos de ciencia ficción.

Más allá de géneros, edades, nacionalidades, razas o creencias, e independientemente de estratos sociales u ocupaciones, prácticamente todos en este planeta hemos tenido que cambiar el chip en medio de un caos que gracias al anuncio de las vacunas parecía controlado, pero que ahora da la impresión de haberse salido de madre, tal vez tras la irrupción de la nueva cepa o quizás, precisamente, porque la anhelada aparición de las vacunas ha llevado a muchos a bajar la guardia, como si con la mera noticia del inicio de la vacunación ya todos hubiéramos quedado blindados contra el bicho.

Pero no hay nada más distante de la realidad, pues el virus sigue entre nosotros y aún no se sabe cuándo volveremos a recuperar nuestra vida ‘normal’. Los más optimistas creen que, con suerte, las aguas volverán a su cauce en el otoño de este año. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esas predicciones se refieren a aquellas potencias que tienen los recursos para poner en marcha planes masivos de inmunización; suerte que no tenemos los países tercermundistas, a los cuales las vacunas están empezando a llegar con cuentagotas y donde tendremos que seguir haciendo maromas para sobrevivir física, emocional y económicamente.

El presidente, a la sombra de la pandemia, usa sus facultades extraordinarias para expedir sin control decretos que nada tienen que ver con la salud de los ciudadanos ni con los devastadores efectos.

Desde la Segunda Guerra Mundial, que concluyó hace poco más de 75 años, pocos hechos han impactado tanto a la humanidad como los estragos de esta peste. Para encontrar un fenómeno similar en la historia reciente debemos retroceder veinte años, hasta el 11 de septiembre de 2001, día de los ataques contra el World Trade Center y la sede del Pentágono –en Nueva York y Washington, respectivamente– en unos atentados que marcaron un antes y un después en la relación de Occidente con el mundo musulmán y cuyas nefastas secuelas aún se sienten.

A partir del 11S, viajar en avión se volvió un suplicio y las extremas medidas de control cambiaron a fondo nuestro diario vivir. Pero lo más lamentable fue que desde entonces el terrorismo se convirtió en caballito de batalla de muchos políticos que lo han utilizado para ganar elecciones, declarar guerras preventivas, promover golpes de Estado, invadir países y pisotear derechos fundamentales. Todo en nombre de nuevas doctrinas de seguridad nacional, adoptadas por viejas democracias, estados teocráticos, monarquías, dictaduras y repúblicas bananeras que, con el pretexto de luchar contra el terrorismo, limitan la movilidad, coartan la libertad de expresión, violan la intimidad y restringen los derechos políticos.

El Gobierno de Colombia no se queda atrás y hoy el Presidente, a la sombra de la pandemia, usa sus facultades extraordinarias –dizque dirigidas a paliar la emergencia– para expedir sin control decretos y normas que nada tienen que ver con la salud de los ciudadanos ni con los devastadores efectos económicos ni sociales de esta crisis. Otra muestra de que hay remedios peores que las enfermedades.

Colofón. Este año cumple tres décadas nuestra Carta Magna, la cual, pese a todas las reformas y deformaciones de que ha sido objeto, abrió el camino a la madurez política del Estado y al reconocimiento de derechos históricamente ignorados en el país.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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