El presidente eterno

El presidente eterno

Hoy por hoy el principal enemigo de la democracia no es el socialismo, sino el populismo.

Por: Vladdo
07 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Había una vez un presidente que a punta de discursos de mano dura y de la exaltación de los valores tradicionales alcanzó unos índices de popularidad que prácticamente ninguno de sus antecesores había conseguido desde la fundación de la patria. No era raro verlo en sus apariciones poniendo a Dios por delante, exacerbando el nacionalismo y repitiendo promesas de progreso y bienestar como letanías, con las cuales se granjeó las simpatías de la mayor parte de una población hipnotizada.

No obstante su inmensa popularidad, la Constitución del país le prohibía de manera tajante lanzarse a una reelección que muchos pedían a gritos, pero sobre la cual el mandatario evitaba pronunciarse en público, pese a que íntimamente lo asaltaba el temor de que si él dejaba el poder, el país no solo podría retroceder en sus logros, sino que terminaría desintegrado.

Por fortuna, a una mujer visionaria, a la que literalmente le cabía el mundo en la cabeza y que gozaba de un inmenso prestigio, se le ocurrió la brillante idea de cambiar un articulito de la carta magna, para que el mejor presidente de la historia no tuviera que dejar su tarea a medias y pudiera seguir adelante con sus planes de salvar el país.

El plan no pudo salir mejor. La iniciativa fue acogida con regocijo en casi todos los círculos políticos, burocráticos, empresariales y sociales, y el Congreso la tramitó de forma expedita. Y ante semejante avalancha de respaldo, el gobernante no tuvo más remedio que resignarse a los designios de la democracia, no por satisfacer su propia vanidad, sino porque tenía que atender el llamado del pueblo al que siempre ha jurado servir.

El presidente no tuvo más remedio que resignarse a los designios de la democracia, pues tenía que atender el llamado del pueblo al que siempre ha jurado servir.

Como ya lo habrán adivinado mis pacientes lectores, el protagonista de esta historia no es otro que Vladimir Putin, quien la semana pasada, luego de una consulta popular de varios días, despejó el camino para su reelección, una vez concluya su actual período presidencial, en 2024.

Sin embargo, la reelección de Putin, propuesta por Valentina Tereshkova –primera mujer que viajó al espacio, hoy convertida en diputada–, fue apenas una de las reformas incluidas en el paquete de enmiendas constitucionales refrendado la semana pasada y que le dan al gobernante un inmenso poder que eventualmente podría ejercer hasta el año 2036, con 83 años de edad. Y aunque los comunistas rusos se opusieron a la propuesta de la cosmonauta, su rechazo no fue óbice para que el plebiscito recibiera en las urnas un abrumador respaldo del 77 por ciento de los votantes.

Entre las nuevas disposiciones llaman la atención la inclusión del nombre de Dios en el preámbulo de la Constitución, la injerencia del Ejecutivo en el nombramiento de funcionarios judiciales y la consolidación de un omnipotente Consejo de Estado, medidas que preocupan a la oposición, que cada vez queda más acorralada en un régimen donde la protesta social es prácticamente un crimen y donde los manifestantes y la prensa son objeto de persecución judicial y represión policial.

Por el contrario, sus seguidores están de plácemes, pues no solo ven por los ojos de su presidente, sino que en su fanatismo llevado al extremo proclaman que “cualquier ataque a Putin es un ataque a Rusia”, tal y como lo reseñaba la BBC en 2018, cuando este antiguo agente de la KGB ganó las últimas elecciones presidenciales.

Pese a su injerencia en los asuntos internos de otros países, a su reiterada homofobia, a su vergonzoso récord en materia de derechos humanos y al estancamiento de la economía, Putin todavía cuenta con un 59 por ciento de respaldo popular, cifra nada despreciable, que, sin embargo, debilita la política rusa, en vez de fortalecerla, pues –al contrario de lo que muchos creen– hoy por hoy el principal enemigo de la democracia no es el socialismo, sino el populismo.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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