De la vanidad a la calamidad

De la vanidad a la calamidad

A punta de simpatía no se puede gobernar un país descuadernado.

Por: Vladdo
23 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Siempre me he preguntado por qué a alguien le interesa convertirse en alcalde, gobernador o, peor aún, en presidente. No sé si quien se lanza como candidato a cualquiera de estos cargos sufre de delirios de grandeza, se siente omnipotente y ve a todos los demás como seres insignificantes, incapaces de arreglar sus problemas, lo cual lo obliga a él a resolverles la vida.

Tampoco sé si, al convertirse en candidato, un político actúa movido por una arrogancia que le hace creer que tiene las soluciones que el resto de los humanos desconoce y que él sí vislumbra y puede poner en práctica.

En el peor de los casos, uno podría pensar que un candidato es víctima de un complejo mesiánico que le hace creer que él, y solo él, es el llamado a salvar a sus congéneres del caos. En consecuencia, arropados con las banderas de las crisis de valores, el desorden reinante y otras calamidades reales o imaginarias, construyen su propuesta de salvación con la cual han de conducir a sus conciudadanos a través del desierto para llevarlos a la tierra prometida.

Quien decide poner su nombre a consideración del electorado tiene que tener un cuadro de narcisismo muy, pero muy avanzado.

[En este punto, no está de más aclarar que al hacer estas conjeturas estoy hablando de los políticos ‘puros’ –lo cual puede sonar a utopía en estos tiempos–; de aquellos que no buscan llegar a una alcaldía o a una gobernación con el fin de enriquecerse por cuenta del erario. No me refiero a Sammys, Ñoños o Kikos, para mencionar algunos ejemplos de mandatarios locales o regionales; ni a Gatas, Malos, Morenos o Bustos, como los que hemos padecido en otras instancias del poder.]

En cualquiera de los casos, una persona que decide poner su nombre a consideración del electorado tiene que tener un cuadro de narcisismo muy, pero muy avanzado, pues no de otro modo se explica el hecho de sentirse mejor que los demás, de suponer que habrá miles o millones de personas dispuestas a votar por ellos, gracias a su arrollador encanto.

Desde luego, en la medida en que uno suba en la escala del poder y se ponga a explorar por encima de las administraciones locales o regionales, va a encontrar personajes aún más vanidosos, pues para sentirse en capacidad de ser presidente de un país los síntomas de la megalomanía ya tienen que ser incontrolables. En otras palabras, deben ser pacientes desahuciados.

Eso debe ser lo que padecen personajes como Volodomir Zelenski, el comediante que acaba de ganar la presidencia de Ucrania, luego de derrotar al actual mandatario, Petro Poroshenko, quien aspiraba a reelegirse, pero terminó triturado con un exiguo 24 %, un tercio de la votación obtenida por el ahora presidente electo, de 41 años, quien obtuvo el respaldo del 73 % de unos votantes que, hartos de la ineptitud del gobierno, optaron simplemente por un cambio, sin pensar en las consecuencias.

Y, aunque es comprensible –mas no justificable– que en medio de su desesperación los ciudadanos de un país escojan a un don nadie de la política, lo que resulta inexplicable es que un individuo sin trayectoria crea que puede gobernar un país sumido en la recesión, agobiado por la corrupción y en pie de guerra nada menos que con Rusia.

Aquí ya no estamos hablando solamente de un problema de narcisismo o de vanidad, sino de una irresponsabilidad mayúscula, pues manejar una situación tan compleja como la de la Ucrania no solo exige carácter sino conocimiento del aparato estatal y dominio político, cosa que no se puede decir de Zelenski, cuya única experiencia ha consistido en representar a un presidente ficticio en un popular show televisivo.

Si los ucranianos conocieran la actualidad colombiana, se habrían dado cuenta de lo contraproducente que resulta tener un aprendiz en el palacio de gobierno, así tenga muy buena voluntad; pues es claro que a punta de simpatía no se puede administrar un país descuadernado.

puntoyaparte@vladdo.com

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