Adiós a un hombre entrañable

Adiós a un hombre entrañable

Aparte de dibujar y pintar como los dioses, Hermenegildo Sábat cultivaba la escritura y la música.

Por: Vladdo
03 de octubre 2018 , 12:00 a.m.

Ayer, en medio de un día atareado, quería entrar un momento a consultar un dato en mi cuenta de Twitter, pero me encontré, sin anestesia, la noticia de la muerte de Hermenegildo Sábat. Como sé que para la mayoría de lectores es un nombre desconocido, voy a contarles un poco quién era este uruguayo que a mediados de la década del sesenta emigró a Buenos Aires, donde se estableció, echó raíces y se convirtió en uno de los caricaturistas más importantes del continente.

Lo conocí fugazmente a finales de los años ochenta, cuando vino a una feria del libro. En aquella oportunidad casi no tuvimos tiempo de conversar. No solo porque él era muy tímido, sino porque a mí también me daba pudor importunarlo. Luego me enteré de que en ese viaje sí departió un buen rato con Osuna, otro maestro, que era más o menos de su misma generación e igualmente consagrado en ese oficio de opinar a punta de dibujos.

Aunque le seguía la pista a su trabajo, nunca mantuvimos contacto directo y solo volví a verlo casi veinte años después, cuando Andrés Hoyos, el fundador de El Malpensante, lo invitó a Bogotá en 2006, al festival que esa revista había organizado en el Gimnasio Moderno. Allí me puso a compartir tarima con Sábat, gesto que agradecí y recuerdo con emoción.

Tuvimos ocasión de charlar sin afanes. Conversar con Sábat era como tener una cátedra particular de arte, de humanidades, de la vida. Era de hablar pausado; tenía una mirada traviesa y una sonrisa a medio camino entre la perversidad y la ternura.

Bien conocida era su debilidad por los grandes maestros del jazz, a quienes no sólo retrataba y escuchaba, sino que además interpretaba con su clarinete. También era un gran conocedor de tango.

En aquella estadía suya en nuestra capital pudimos compartir almuerzos, comidas, conferencias y varias anécdotas de esas que solo se viven en esta ciudad. Por ejemplo, un domingo por la noche salimos a comer; pero después de dar muchas vueltas por la Zona G y parte de la Zona T, fue imposible encontrar abierto un restaurante que no fuera una pizzería o un local de comida chatarra; de modo que tuvimos que devolvernos a su hotel, donde él, finalmente, pudo comer algo medio decente. Ese día sentí pena ajena por esta ciudad en la que todavía hoy muchos de los mejores restaurantes no atienden en las noches de los días festivos.

Recuerdo también el miniconcierto de clarinete que él trató de improvisar después de la conferencia que compartimos, pero que fue malogrado por la altura de Bogotá, que prácticamente lo dejaba sin aliento.

Tres años después, en un viaje que hice a Buenos Aires, para participar en el congreso anual de la Society for News Design, coincidimos en varios eventos, entre ellos una interesante conferencia suya en la que repasaba su trayectoria en diarios argentinos e internacionales. Fue, como siempre, muy cariñoso y hasta me hizo una caricatura que aún conservo.

Nuestro siguiente encuentro fue hace cinco años, cuando volví a Buenos Aires con mi hija. Una tarde nos invitó a tomar café y comer galletitas en su taller, lugar en el que también daba clases. En ese tour pude ver la devoción y el respeto que sus alumnos le profesaban. Y no era para menos, pues sabían que era un grande.

Aparte de dibujar y pintar como los dioses, Sábat cultivaba la escritura y la música. Bien conocida era su debilidad por los grandes maestros del jazz, a quienes no solo retrataba y escuchaba, sino que además interpretaba con su clarinete. También era un gran conocedor de tango; publicó sendos libros sobre Gardel y Piazzolla, con quien tuvo una relación cercana.

Luego fuimos a comer al barrio de La Boca, a uno de esos tradicionales boliches donde los comensales, como en las películas, no parecen clientes sino miembros de una familia. Fue la última vez que nos vimos y la última vez que conversamos.
Va a ser muy raro volver a Buenos Aires y no poder hablar con él. ¡Adiós, viejo querido!

VLADDO
- @OpinionVladdo

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