A pasar la página

A pasar la página

En estos momentos de calentura, da muchos likes vociferar contra Semana o sus propietarios.

Por: Vladdo
04 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Desde la tarde del martes pasado, cuando se conoció el despido de Daniel Coronell de Semana, han rodado ríos de tinta, se han alzado voces de indignación y han llovido trinos en contra de esa revista y en solidaridad con su excolumnista.

En estos momentos de calentura, y en nombre de la defensa de la libertad de expresión, da muchos likes vociferar contra Semana o sus propietarios. De hecho, yo he tenido y tengo hondas diferencias con su administración y tendría motivos de sobra para aprovechar el desorden y sumar mi voz a la de los que, como cualquier Ordóñez, quisieran echar a la hoguera hasta el último ejemplar de la revista. Sin embargo, en esta historia –“inverosímil”, como la definió Ricardo Silva en estas mismas páginas– no se puede hablar a la ligera de héroes contra villanos.

En estos 25 años de vinculación con Semana siempre he podido hablar sin rodeos ni arandelas con su fundador, Felipe López. No es que yo sea su confidente ni su mejor amigo, pero sí me he sentido con la confianza suficiente para criticarle decisiones que no he compartido, así como para hablarle de malos artículos o metidas de pata, comentar buenas portadas, sugerirle confidenciales y proponerle temas para la revista. Así mismo, hemos tenido grandes coincidencias y desencuentros de diversa índole que, incluso, me han llevado al borde del despido, pero que al final hemos superado. Por ejemplo, en 1995, tuvimos un agrio enfrentamiento por cuenta de una caricatura que él no me dejó publicar sobre el presidente de entonces, Ernesto Samper. Era la época dura del proceso 8.000 y Felipe adujo que esa caricatura –un fotomontaje, más exactamente– podía ser interpretada como un llamado a derrocar al mandatario.

La forma como se produjo la cancelación de la columna Daniel Coronell fue una torpeza de Felipe López.

Después de largas discusiones, resolvimos el impasse y, para evitar futuros inconvenientes, Felipe se comprometió a no volverse a meter con la Vladdomanía, promesa que ha cumplido sagradamente hasta el día de hoy. Desde entonces, con absoluta libertad, he publicado en esas dos páginas cuanta cosa se me ha ocurrido, incluyendo numerosas caricaturas en las que han aparecido el propio Felipe, al igual que su papá, sus hermanos y sus amigos. Y lo mismo ha pasado en el caso del director, Alejandro Santos, cuya familia –empezando por su papá, su tío expresidente y su primo embajador– ha protagonizado muchas de mis viñetas. En este punto no está de más subrayar que son pocos los caricaturistas que pueden darse el lujo de incluir en sus trazos a las directivas o propietarios de los medios para los que dibujan.

No es difícil deducir que la forma como se produjo la cancelación de la columna más popular de Semana fue una torpeza de Felipe, puesto que puso a Alejandro en una posición muy incómoda, dejó en entredicho la credibilidad de la revista y defraudó a buena parte de sus lectores. Para colmo de males, debe tener a muchos frotándose las manos, pues sin mover un dedo recibieron en bandeja de plata la cabeza de alguien que sin duda les resultaba incómodo.

Sin embargo, no tiene sentido quedarse patinando en el fango. En un editorial publicado a doble página, en su nueva edición, la revista lamenta “la salida” del columnista, admite que se cometieron varias equivocaciones en el manejo de la información sobre el posible resurgimiento de los ‘falsos positivos’ –origen del descontento de Coronell– y se compromete a seguir cumpliendo con “el ineludible deber de preservar y fortalecer una institución periodística esencial para la democracia colombiana”.

Aunque ningún medio puede vacunarse contra malas decisiones o errores de criterio, es de esperar que, en efecto, Semana haya aprendido esta amarga lección y que, fiel a su trayectoria y a su carácter, pueda pasar la página, volver por sus fueros y seguir siendo un referente del periodismo colombiano.

puntoyaparte@vladdo.com

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