Requerimos memoria, no más basura

Requerimos memoria, no más basura

¿Qué pueden aportar a los ciudadanos las heroicidades amatorias de quien causó tanto dolor y muerte?

03 de diciembre 2018 , 07:57 p.m.

Es curioso que en octubre y noviembre pasados se registraran tres noticias concernientes a las letras del devenir nacional que los medios divulgaron, en su orden: con justificado alborozo, con escaso interés y con verdadero delirio, pero con cuentagotas, como suele anunciarse una chiva de enorme importancia. Me refiero, respectivamente, a la publicación de El país que me tocó (memorias), de Enrique Santos Calderón; a la obligada renuncia del director del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Gonzalo Sánchez; y a la aparición de un mamotreto que, con el título de Mi vida, mi cárcel, coescribió el periodista Édgar Téllez con la otrora esposa y para siempre inconsolable viuda del capo di capi Pablo Escobar, María Isabel Santos Caballero.

Al libro de Enrique, a estas alturas del partido, no haré aquí el oso de sumarle elogios a punta de adjetivos si recuerdo que en sus años como codirector de este diario me publicó decenas de columnas mientras me repetía, con palabras de Huidobro: “Adjetivo que no da vida, mata”. Pero, sin perjuicio de lo anterior, nada me impide reconocer en esta nueva obra una prueba adicional de que no veo ningún talante y ninguna pluma más indicados que los suyos para seguir consignando, con recio carácter, desinterés y coraje, la verdadera memoria de su generación (que es la mía), como él dice “… envidiada pero también cuestionada, aquí y allá, porque disfrutó de la prosperidad económica de los años sesenta, despilfarró mucho, ahorró poco y despreció todo”.

Por otra parte, es inconcebible que a un auténtico ciudadano de excepción, profesional de quilates, consagrado investigador y académico de reconocidos méritos como Gonzalo Sánchez, cuyo ejercicio al frente del CNMH ha significado un punto de honor para el país, se le haya obligado al retiro solo porque, agazapada en sórdidas consideraciones de índole personal y política alegadas ante el presidente Duque, se fraguó una situación insostenible para reemplazarlo al parecer por Vicente Torrijos, el menos indicado al efecto dada su reconocida postración derechista y promilitar, respetable, claro, pero como el fuego a la zarza para historiar objetivamente este feroz conflicto que aún no termina.

Como el propio Sánchez dijo, su tarea en el CNMH no gustaba a los reconocidos enemigos del proceso de paz que temen a la memoria del país. Además, según advirtió, la inmensa mayoría de los colombianos también sabemos que el cargo que dejó “… tampoco es del Gobierno: es del Estado y de la sociedad y, especialmente, de las víctimas”. Más claridad, difícil. Y mayor dignidad, imposible, presidente Duque.

Por último, solo puedo anotar que junto a la urgente misión de proyectar, escribir y preservar nuestra memoria histórica, fundamento indispensable para conocer integralmente la verdad verdadera de quienes causaron tantas atrocidades a víctimas inocentes de un conflicto irracional que aún no termina, no conviene, ¡no puede convenir!, la idea de que el libro ya citado y anunciado en descomunal frenesí mediático, inusual exaltación y enigmática expectativa es algo así como la máxima consagración de la literatura en el planeta.

Mientras el nuevo gobierno no encuentra el rumbo, la corrupción permea absolutamente todo, la justicia desfallece y las afugias económicas invaden la nación, ¿qué pueden aportar a los ciudadanos, fuera de basura, las heroicidades amatorias de un criminal que cumple 25 años de haber sido abatido por las fuerzas del Estado, pero que causó tanto dolor y muerte en este país, y con los años algunos medios quieren convertir, vía descendientes, en rutilantes ejemplos de pobreza, sufrimiento y dignidad que nunca tuvieron ni tendrán?

vimaruiz@hotmail.com

Columnistas

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