¿Cara de tristeza o pesimismo en el alma?

¿Cara de tristeza o pesimismo en el alma?

En un mundo oprimido por tantos problemas es fácil tender a la desesperanza. Jamás caigamos en ello.

17 de marzo 2019 , 11:54 p.m.

El gran riesgo del mundo de hoy es proseguir con un estilo de vida que no entiende de vínculos entre las personas, deshumanizándolo todo y debilitando nuestro propio desarrollo humanístico. De ahí, la importancia de avivar otros proyectos educativos más innovadores que nos enseñen a pensar críticamente, al menos para poder discernir y optar por un camino de maduración en valores. Solo así podremos volver a empezar a ilusionarnos, a crecer y a despojarnos de esta cara de funeral, que todos llevamos consigo alguna vez.

La desconfianza y la decepción parecen estar presentes en la mirada de muchas personas. La falta de consideración hacia nuestros análogos y el cúmulo de hechos agresivos nos dejan sin una sonrisa en los labios. Por otra parte, hay un juego de competitividad que nos ahorca. Prolifera la ley del más fuerte. La gente que no es productiva se le ralla y se abandona. Todo está muy dividido por intereses de mercado y, ante este mundo tan cruelmente fragmentado, los conflictos no cesan. Ojalá aprendamos a entendernos, a luchar por la justicia sin violencia, a vivir tendiendo la mano para morar unidos. Hace falta calmar muchas vidas rotas, destruidas injustamente, en estado pésimo, pesimistas quizás, porque llevan consigo una enfermedad del espíritu.

Por si fuera poco el llanto, nuestra madre tierra aparenta hallarse muy dolorosa con nosotros, con tanta sobreexplotación y poco compartir. Todavía no hemos sido capaces de lograr un modelo circular de producción que asegure recursos para todos, moderando el consumo, reutilizando y reciclando en verdad, con una mayor eficiencia en el aprovechamiento. Por cierto, un informe reciente de ONU Medio Ambiente alerta que, si no aumentamos drásticamente las medidas para proteger el entorno, podrían producirse millones de muertes prematuras a mediados de siglo, en ciudades y regiones de Asia, Oriente Medio y África. Al parecer, la resistencia antimicrobiana va a ser una de las principales causas de muerte en 2050 debido a la contaminación de fuentes de agua dulce, y los interruptores endocrinos afectarán la fertilidad masculina y femenina, así como el avance neurológico infantil. También aquí, en nuestra casa común, hace falta poner orden para que los agentes contaminantes cesen, ya que todos por génesis tenemos derecho a coexistir y a ser felices, o al menos a ver la luz del sol brillar en todas partes. Sea como fuere, me niego a ver nada más que sombras. Dejemos que el arcoíris, al menos, cohabite en nuestro interior.

Ciertamente, todo está relacionado armónicamente y la intervención humana ha de tener esta biodiversidad como un depósito de energía a considerar, con el gozo que esto supone y la alegría que infunde donarse y engendrar regocijo, porque sin ese júbilo, toda existencia es inútil. Además, sin una disposición vivaz y radiante será complicado regenerarse, revivirse, puesto que la congoja del alma puede ahogarte mucho más rápido que un microorganismo. Es verdad que en un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas es fácil tender a la desesperanza. Jamás caigamos en ello, es un sentimiento injustificado, si en realidad estamos vivos. El cambio está en nosotros mismos. No olvidemos que somos ciudadanos de esperanza. Debemos prepararnos para la lucha espiritual. No lo hagamos cuerpo a cuerpo, siempre corazón a corazón. Por tanto, no se justifica que permanezcan atmósferas desesperantes en nuestro acontecer diario. Hemos de ser personas de acción y reacción, no gentes pasivas, aunque con tristeza en la cara por cierta indecisión, cobardía o temor. Sin duda, estamos obligados a afrontar todas las necesidades humanitarias, máxime cuando millones de personas en todo el mundo permanecen en un profundo estado de vulnerabilidad. En consecuencia, es trascendental, tanto para la especie como para su hábitat, simpatizar con ese ánimo entusiasta. Las posibles llagas de nuestra biografía también se sanan mucho mejor de este modo, con esa saludable locura de vivir y dejar vivir.

VÍCTOR CORCOBA HERRERO
corcoba@telefonica.net

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