El azúcar no es veneno

El azúcar no es veneno

Dejemos de creer que somos lo que comemos, porque somos mucho más.

Camila serna

Camila Serna escribe sobre nutrición.

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Archivo personal

Por: Camila Serna
21 de diciembre 2019 , 02:28 a.m.

Sabiendo lo que sé, no podría decirle, o siquiera insinuarle, a mi hijo de cinco años que su paleta de chicle es un veneno. No lo hago porque lo que él siente comiéndola, saboreándola, oliéndola es información sobre el poder de la comida.

Le permito su placer, aun cuando se asoma esta idea: somos lo que comemos.

Preferiría que mi hijo fuera verduras de hoja verde y no paletas que le pintan de azul la lengua. Sin embargo, en su cara y en su deleite veo que permitirse placer, sin restricción ni culpa, contribuye a una confianza básica en su cuerpo, al hecho de que, para él, comer es un acto seguro.

Finalmente, su placer con la comida también viene en la forma de huevos, empanadas chilenas con aceitunas, frutas, nueces y papas fritas. Él sabe cuándo necesita comer algo salado y sabe parar cuando está lleno, inclusive de dulces; todo esto también es información que lo nutre.

Trabajo para no interferir. Mis juicios sobre sus elecciones al comer no le enseñan a comer. Él aprende observándome y procuro modelar una manera de comer que explora con la neutralidad de todos los alimentos un concepto central en una relación serena con la alimentación. Quiero enseñarle que una espinaca y un dónut pueden cohabitar y, además, que jamás pierda la curiosidad en cómo lo hacen sentir los alimentos.

Lo común hoy en día es la idea de que hay alimentos buenos y alimentos malos, y muchos padres enseñan a comer desde la creencia de que solo algunas comidas son legítimas. Desafortunadamente, lo íntimo de nuestra relación con el plato sufre cuando entramos en la rigidez de las normas y de la restricción. De hecho, cuando ponemos niños a dieta, la evidencia es clara: sus posibilidades de desarrollar un desorden alimenticio incrementan drásticamente, mientras disminuye su capacidad para sintonizarse con sus señales naturales de hambre y saciedad.

Pero somos una cultura que restringe. Lo hacemos porque nos aterra engordar y que nuestros hijos engorden. Nos obsesiona que cada bocado que consumimos no conduzca a la salud perfecta. El problema con la idea de comida como salvación y medicina es que fácilmente se lleva al extremo, en el que cada bocado define nuestra salud o, peor aún, define el tipo de persona que somos. Finalmente, si nos salva, también nos destruye.

Los niños no necesitan esta información. La investigadora Leann L. Birch, una sicóloga que estudió por cuatro décadas la manera como los niños comen, nos muestra que ellos saben regularse con la comida y que su mayor problema ocurre cuando los adultos interfieren con sus ideas sobre comidas buenas y malas. También sabemos que cuando presionamos a los niños a consumir comidas ‘saludables’, pierden el interés en ellas y que si les restringimos los dulces, tienden a perder su capacidad para regularse con ellos.

Para la pionera nutricionista y terapeuta Ellyn Satter, creadora del concepto de la división de la responsabilidad al alimentar, el trabajo de los adultos es presentar comidas variadas, ricas y nutritivas (que también incluyen dulces) de manera estable y consistente, y no más. La tarea de los niños es elegir qué comer de estos alimentos presentados. No hay presión ni juicios en este modelo. Claro, hay límites y estructura porque los niños necesitan guías, pero descansan sobre una confianza que tiene el propósito de bajarle el volumen a la interferencia adulta, para que ellos escuchen a su cuerpo y a sus necesidades.

Soltar el control de nuestra alimentación (o la de nuestros hijos) es difícil, especialmente cuando hemos restringido y vigilado nuestra comida como único recurso de autorregulación y, más veces de las que quisiéramos admitir, nos hemos visto perder el control con la comida. Sin embargo, el cuerpo no quiere comer galletas ilimitadamente: la compulsión surge ante la restricción biológica y sicológica que nos dice que ciertas comidas son prohibidas. Es curioso: en el permiso para comer cualquier cosa encontramos una poderosa herramienta de autorregulación.

Dejemos de creer que somos lo que comemos, porque somos mucho más.

Dejemos que nuestros hijos disfruten de su comida y trabajemos por erradicar esa mentalidad fija de la que nos hablaba la sicóloga Carol Dweck, en la que nuestras elecciones con la comida son fracasos que nos definen. Más bien, pasemos a una mentalidad de crecimiento, en la que sabemos que aprender a comer es un proceso de autoconocimiento, que nunca termina. Como todo aprendizaje, incluirá nuestras fallas y el hecho de que comer normal o intuitivamente nunca se trata de comer perfecto.

CAMILA SERNA

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