Vigilias de odio

Vigilias de odio

O detenemos este crescendo de odio o algo muy grave va a pasar entre nosotros.

27 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Quienes hayan leído 1984, o visto la película, seguramente recuerdan “los dos minutos de odio”, el ejercicio cotidiano durante el cual los miembros del partido arremetían a gritos contra sus enemigos políticos proyectados en una pantalla.

“Lo horrible de los dos minutos de odio –cuenta el narrador de la novela– no era que cada quien estuviera obligado a jugar allí un papel, sino que era imposible resistirse a participar. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un horrendo éxtasis de odio y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica, convirtiéndolo a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se sentía era una emoción abstracta y sin dirección que podía saltar de un objeto a otro como una llama de soldadura”.

¿Suena conocido? Casi 40 años después del ficticio año 1984, los humanos del presente hemos construido, bajo la forma de las redes sociales, nuestro propio éxtasis de odio cotidiano. Pero con tres factores agravantes. El primero es que el odio no nos es impuesto por un régimen totalitario, como en el mundo distópico de George Orwell, sino que lo cortejamos nosotros mismos desde nuestros dispositivos electrónicos. El segundo es que no somos meros espectadores de la película del odio, sino sus actores, guionistas y distribuidores. El tercero es que no ocupa solo ciento veinte segundos del día, sino casi todo nuestro tiempo de vigilia.

¿Cómo hacemos para bajarle a la rabia, de forma que no solo podamos escucharnos sino que, sobre todo, evitemos la conflictividad destructiva a la que estamos abocados si seguimos por esta senda?

Lo que eso le está haciendo a la sociedad no hace falta que yo lo describa aquí, pues todos lo vivimos a diario: la altanería, la grosería, la impaciencia, la presteza para la injuria, la irreflexividad para todo, la falta de modales para hablar, para opinar, para argumentar. Sí, los modales: ese vestigio cultural que nuestros jacobinos del siglo XXI desdeñan como una afectación pequeñoburguesa, como símbolo del más mezquino ‘tibiocentrismo’ –y que por eso para ellos es tan intoxicante, tan euforizante, tan cool arrojar por la borda–, cuando, en realidad, las formas y las maneras son estrategias de comunicación altamente evolucionadas para evitar que las personas se vayan a los puños por diferencias grandes o triviales.

O detenemos este crescendo de odio o algo muy grave va a pasar entre nosotros, más grave aún que la absurda muerte del joven Dilan Cruz en hechos que necesitan ser aclarados, pues apuntan a la responsabilidad de la Fuerza Pública. Estamos todos tirando las cuerdas del mismo nudo, constriñéndolo más cuanto más fuerte jalamos; y al final, como en la leyenda del nudo gordiano, quedará tan apretado que solo se podrá soltar por medio de un acto de destrucción.

La pregunta es cómo. ¿Cómo hacemos para bajarle a la rabia, de forma que no solo podamos escucharnos sino que, sobre todo, evitemos la conflictividad destructiva a la que estamos abocados si seguimos por esta senda?

Creo que parte de la respuesta está en los estudios que han hecho psicólogos como Jonathan Haidt sobre la moralidad, que es la fuente de nuestra sensibilidad política. En La mente de los justos, Haidt sostiene que, más que una serie de normas inculcadas por la sociedad, la moralidad es un instinto o intuición que todos tenemos calibrados de forma distinta. Por eso es insuficiente creer que las diferencias políticas o ideológicas entre las personas puedan conciliarse por medio de cifras, datos, hechos, lógica o evidencia. Se requieren otros instrumentos, menos acreditados y prestigiosos, quizás, pero más humanos y, por tanto, efectivos: paciencia, diálogo, tolerancia. Y prudencia, que los antiguos consideraban la primera de las virtudes cardinales, pues sin ella las demás carecen de sentido.

@tways / tde@thierryw.net

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