Un odio platónico

Un odio platónico

Colombia detesta la corrupción en la imaginación, pero la tolera en la cotidianidad.

30 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Postulo que, así como existe el amor platónico, existe también el odio platónico: un desprecio que habita en el plano de la imaginación o el deseo, pero que no consigue materializarse en la realidad.

Creo que eso fue lo que expresaron los 11,7 millones de personas que votaron en la consulta ‘anticorrupción’ de este domingo: su rechazo platónico al flagelo de marras. Una pasión que, como el amor del mismo apellido, no logra consumarse, pues la anhelada destrucción del ser odiado nunca se alcanza.

Con la corrupción pasa como con los ladrones, quienes por serlo no dejan de detestar a los demás practicantes de su profesión. El día que un ladrón sorprende a otro ladrón robando en su casa, no invita a su distinguido colega a tomarse un café, sino que grita: “¡cójanlo, cójanlo!”, como cualquiera. Un ladrón es un señor que aborrece el hurto tanto como cualquier otro, pero hace una pequeña excepción para sí mismo.
De igual manera, todo el mundo está en contra de la corrupción, todos la odian, hasta los corruptos. Pero, en el mundo real, las cosas divergen rápidamente del ideal. Abundan las pequeñas excepciones para uno mismo.

Eso fue lo que expresaron los 11,7 millones de personas que votaron en la consulta ‘anticorrupción’ de este domingo: su rechazo platónico al flagelo de marras.

En el mundo real, el Estado colombiano no se comporta como un Estado garante de derechos y proveedor de seguridad y bienes públicos, como debiera, sino como un Estado cobrador de peajes. En lugar de hacerle la vida fácil al ciudadano, se la complica con normas y trámites que entorpecen y encarecen todo: sacar un permiso, comprar o vender una propiedad, acreditar el derecho a un subsidio, recaudar una cuenta de cobro, conseguir un empleo en una entidad estatal o un cupo en un colegio, una universidad o un hospital. Cada regla inútil, cada tarifa absurda, cada exigencia demoniaca es una ocasión para extraer del ciudadano un soborno, pequeño o grande. Una oportunidad de cobrar peaje. Pues siempre habrá un funcionario ahí, presto a quitar los palos en la rueda que el mismo Estado ha puesto, a cambio, por supuesto, de unos pesos. No faltará quien halle racional dárselos.

En el mundo real, no cuesta nada exigirles a ciertos funcionarios un comportamiento impecable. A un presidente, por ejemplo. Un presidente, al fin y al cabo, incide muy poco, e indirectamente, en nuestras vidas. Para la mayor parte de la población, quién ocupa la presidencia es un asunto irrelevante en el día a día.

Otra cosa es un alcalde, un gobernador, un concejal, un congresista. Su influencia en la vida del ciudadano es directa y cercana. Para el pobre, puede traducirse en un bulto de cemento o un alivio económico el día de las elecciones. Para una profesional de clase media, en un puesto de trabajo para ella o un familiar. Para un rico, en un contrato con el Estado o una decisión favorable a sus negocios. Por eso no es incongruente que el mismo pueblo que rechaza la corrupción haya votado por decenas de los corruptos de siempre en las pasadas elecciones legislativas, y que vuelva a hacerlo la próxima vez. De hecho, varios de esos políticos y de quienes los respaldan apoyaron la consulta, como diciendo: “¡cójanlos, cójanlos!”.

Y por eso es exagerado referirse al domingo como un giro histórico hacia la probidad y la transparencia. Las legislativas fueron en marzo, ¿de verdad creemos que el país cambió tanto en cinco meses?

No, lo que pasa es que la relación de Colombia con la corrupción es una relación de odio platónico. La detesta en la imaginación, pero la tolera en la cotidianidad. Cuando le conviene, incluso la practica o la promueve. Aunque la sociedad condene la clase política en las reuniones, las redes sociales, las llamadas a los programas radiales y, a veces, hasta en las urnas, aún convive con ella en ambigua simbiosis. Por eso es difícil que el odio platónico se convierta en repudio real.

THIERRY WAYS
tde@thierryw.net

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