Un metro salomónico

Un metro salomónico

El metro de Bogotá se politizó, y cada quien fetichizó su opción preferida (elevado o subterráneo).

16 de octubre 2019 , 07:15 p.m.

Los historiadores del futuro se rascarán las cabezas. ¿Qué hizo que en la segunda década del siglo XXI, en el centro de la antigua República de Colombia, la preferencia por la ubicación de un tren permitiera aventurar la ideología política de una persona?

“Un comportamiento inexplicable se apoderó de la gente en aquellos años”, concluirán. Si usted se manifestaba a favor de que el futuro metro de Bogotá se construyera bajo tierra, como los grandes metros del mundo, usted inmediatamente era señalado de izquierdista, petrista y, por añadidura, mamerto.

Otras personas, en cambio, reconocían que sí, que el metro subterráneo era el Rolls Royce de los metros, pero que, dadas las restricciones presupuestales del momento, no estaría mal transarse por un tren elevado, como los que atravesaban Medellín o el barrio Grenelle de París. A ellos, sus contradictores los tildaban de peñalosistas, figurines de la derecha y la oligarquía, defensores del “metro corrupto” (Hollman Morris dixit) y, extrañamente, de uribistas. Todo por gustarles las dos opciones, es decir, por ser bisexuales en cuestión de metros.

Miles de electores, sin embargo, han decidido que al diablo los estudios técnicos y los análisis de viabilidad, que esto es una cuestión política

Tal vez por estar inmersos en el debate no veamos la irracionalidad de todo esto, pero les aseguro que los historiadores, urbanistas, politólogos y psicólogos del futuro sí la verán. Pues uno no se ‘identifica’ con un metro u otro; un metro es una obra de ingeniería de gran complejidad que hay que evaluar en función de un sinnúmero de aspectos técnicos y urbanísticos, como su trazado, el número de pasajeros que puede transportar y, por supuesto, su costo, por mencionar solo algunos. Luego, con esos argumentos en mano, uno puede decir que le gusta más una opción que otra. Que es muy distinto a decir que, como yo pertenezco a tal bando político, ‘mi metro’, el que me ‘representa’ a mí, es el que diga mi candidato. Como si uno apoyara sistemas de transporte masivo del mismo modo que apoya equipos de fútbol.

Miles de electores, sin embargo, han decidido que al diablo los estudios técnicos y los análisis de viabilidad, que esto es una cuestión política y que, en síntesis, el metro enterrado es de izquierda y el metro volador, de derecha. De otra manera no se explica que la preferencia de tantos votantes en cuanto a hacerlo elevado o subterráneo calque la opinión de quienes, haciendo a un lado el tema del metro, serían de todas formas sus candidatos a la alcaldía.

Pero no hay nada inherentemente de izquierda o de derecha en el diseño de un metro, la noción es absurda. Es como si preferir el metro elevado, por ejemplo, ya sea por gusto o por pragmatismo, lo volviera a uno automáticamente peñalosista en todos los demás sentidos. ¿No es de eso, de hecho, de lo que acusan a la candidata de la izquierda Claudia López desde sectores de la misma izquierda, pero que apoyan a Hollman Morris?

Eso no es política responsable, sino fetichismo. El metro de Bogotá se politizó, y cada quien fetichizó su opción preferida –elevado o subterráneo–, absurdamente haciendo de un asunto técnico una cuestión de honor, ideología, identidad y poder. Cuando las cosas adquieren ese cariz, nadie quiere dar su brazo a torcer. Así haya elementos concretos que permitan avanzar por caminos razonables.

Si viviéramos en tiempos del rey Salomón, el monarca tomaría una espada (más bien una monstruosa sierra industrial) y amenazaría con cortar el metro en dos y darles la mitad a quienes lo quieren bajo tierra y la otra mitad, a quienes lo quieren por encima. Sabríamos entonces a quién le interesa de verdad la movilidad de la capital, y no meramente imponerse en una batalla de egos. Pues sería aquel o aquella que estuviera dispuesto a sacrificar sus preferencias personales por el futuro de la ciudad.

@tways / tde@theirryw.net

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