Un corcho de maledicencias

Un corcho de maledicencias

Twitter es un tablero en el que aparece la vergonzosa vanidad moral de quienes se creen superiores.

01 de mayo 2019 , 11:09 p.m.

Hace unos meses escribí sobre el tedio que me producen las guerritas de etiquetas (o ‘hashtags’) en Twitter, esas en las que un bando enfila contra otro bando un ejército de tuiteros, tanto espontáneos como comprados, y durante horas lo abruma de insultos, diatribas y acusaciones fundadas o infundadas. Luego ocurre lo mismo en el sentido contrario. Desde entonces, la práctica no ha hecho sino afianzarse y extenderse, al punto de que hoy esas batallas son tan predecibles y aburridas como el himno nacional de las 6 a. m. Todos los días, algún partido, facción o grupo de indignados brega porque su etiqueta reciba más atención que las demás y por destronar la inevitable contraetiqueta que enarbolarán sus enemigos.

En eso consiste la política moderna para muchos: en el ejercicio inane y masturbatorio de colgar ‘hashtags’ en redes sociales. No se pretende ganar adeptos ni seducir indecisos, sino enardecer a la galería. Por eso, el profesor de ciencias políticas Yascha Mounk, escribiendo en ‘The Atlantic’, hace una propuesta que me parece sensata: dejemos de usar Twitter.

No se trata de abandonar la red del todo; sus cosas buenas tendrá. Pero cada día es más evidente lo dañina que es en política. Los usuarios se segregan en burbujas informativas que alimentan sus prejuicios ideológicos, amplifican la polarización y promueven el odio al contrario. ¡Pensar que alguna vez creímos que las redes sociales producirían un mundo más civilizado e incluyente! Nos equivocamos. Twitter es la criptonita de la democracia.

Los usuarios de esa red suelen tener mejores ingresos y nivel educativo que el ciudadano promedio (datos de EE. UU. que creo que se aplican también para Colombia), pero eso no garantiza un ambiente más cordial o productivo. De hecho, es al revés. Para que vayamos cuestionando la idea de que la educación vuelve a los seres humanos más abiertos y dialogantes, un estudio de 2017 de los psicólogos Jaime Napier y PJ Henry encontró que la intolerancia política de las personas es mayor a medida que su nivel educativo aumenta. Ese hallazgo explicaría en parte la pugnacidad de los debates ‘intelectuales’ en Twitter, que pongo entre comillas porque en ellos la emotividad supera con creces el intelecto.

No solo los usuarios comunes y corrientes deberían limitar su participación en la red, dice Mounk. También periodistas, comunicadores y, sobre todo, líderes políticos. El político que vive pendiente de Twitter (que hoy en día son todos) cree que ciertos temas –los que son populares en Twitter– son más vitales que otros, cuando esa red no es, y por mucho, representativa de toda la sociedad. La atención de ese político estará acaparada por lo inmediato, lo telegráfico, lo fugaz, lo que se puede reducir a un tuit; mientras que evitará lo difícil, lo matizado, lo polifacético, lo heterodoxo, lo que no acumula retuits y corazones, es decir, lo importante. Una terrible manera de gobernar una comunidad o una región.

La democracia, para funcionar, necesita espacios en los que la sociedad pueda tramitar sus diferencias por medio de conversaciones intelectualmente honestas, productivas y de buena fe. Twitter no promueve ninguna de esas cosas. Hay un lugar común que dice que Twitter es el ágora de nuestro tiempo. Pero Twitter no es un ágora, sino un tablero de corcho como los de las oficinas: un corcho en el que se cuelgan chismes, insultos, maledicencias, provocaciones y la vergonzosa vanidad moral de quienes se creen superiores a los demás. ¿Habrá un peor escenario para que la sociedad avance en el laborioso proceso de mejorarse a sí misma? Si insistimos en usar esa red como sucedáneo de la democracia, no esperemos otro resultado que la creciente degradación del debate político.

THIERRY WAYS
En Twitter: @tways
tde@thierryw.net

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