Solo el silencio

Solo el silencio

Este sábado, horas antes de que Brasil ganara la Copa América contra Perú, falleció João Gilberto.

10 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Estuve en Brasil por primera vez en 2004, conociendo una moderna ensambladora de camiones en Campinas, pero impaciente por terminar aquel compromiso laboral para hacer un peregrinaje que me había prometido. Quería conocer con los ojos una ciudad que hasta entonces solo conocía con los oídos. Al llegar allí, la primera noche tuve una especie de epifanía. Por fin entendí, realmente entendí, la canción Corcovado, que había escuchado innumerables veces en la voz de João Gilberto. Solo podía entenderse, me di cuenta entonces, mirando desde la distancia el gran Cristo iluminado, flotando espectralmente sobre Río de Janeiro.

Han pasado 15 años, pero no ha menguado mi entusiasmo por el conjunto de artistas brasileños que, a mediados del siglo XX, revolucionaron la música de su país y del mundo. Este sábado, horas antes de que Brasil ganara la Copa América contra Perú, falleció João Gilberto, a quien muchos consideran el más grande de todos. Gilberto, Antonio Carlos Jobim, el embajador y poeta Vinicius de Moraes y otros más crearon un género musical que, más que el mismo fútbol, colmó de renombre a Brasil en el planeta. Unos versos sobre una muchacha camino a la playa, que grabaron cualquier día de 1963, se convertirían en una de las canciones más famosas de la Tierra.

Para mí, sin embargo, la grabación más deslumbrante de Gilberto es Desafinado, una canción-manifiesto disfrazada de balada romántica que, en pocas líneas, define y proclama la postura artística de su generación. Esto es bossa nova, anuncia. Algo muito natural.

No ha menguado mi entusiasmo por el conjunto de artistas brasileños que, a mediados del siglo XX, revolucionaron la música de su país y del mundo

“Me duele que me digas desafinado”, comienza João, con fingida aflicción, pues enseguida añade, mordaz: “Solo los privilegiados tienen el oído como tú, yo poseo apenas el que Dios me dio”. Lo dice tranquilamente, como quien no quiere la cosa, que sería una buena manera de describir su estilo, si no fuera porque su aparente sencillez está vertebrada por una sofisticación que nadie ha sido capaz de imitar. La voz adversa sutilmente el ritmo; por momentos parece alejarse de la entonación correcta para después aterrizar en el tono exacto que redondea la armonía que sale de la guitarra. Un milagro. Y una reprimenda, articulada con imperturbable elegancia, para quienes, en su “enorme ingratitud”, olvidan que en el pecho de los desafinados también late, callado, el corazón.

Late callado: la segunda palabra es crucial. Desafinado, y, por tanto, toda la bossa, solo pueden entenderse a través de la voz de Gilberto, una voz que, más que cantar, conversa, que rehúye la potencia y por eso, por su misma suavidad, exige ser escuchada con más atención que si gritara. Esta revolución, dice esa voz, la revolución de la bossa nova, de la nueva onda, será a mi manera: latirá callada. Y era lógico. ¿Pues de qué otro modo podía destacarse alguien contra el fondo de un país que era una pandereta febril, la desmesura misma, o maior do mondo? El país de Pelé y Garrincha, de la batucada y la percusión, del desafuero carnestoléndico, de la capital modernista erigida en medio de la nada. La tierra de la que Stefan Zweig había dicho que era “el país del futuro”. A lo que los brasileños, mordaces, agregaban: “Y lo será para siempre”.

¿Cómo distinguirse en ese mundo impetuoso sino a través de una estética del sosiego?

Al cierre del álbum Livro, Caetano Veloso hace una enumeración cantada de sus artistas preferidos: Elis Regina, Chico Buarque, Marisa Monte, Djavan, Roberto Carlos, Carmen Miranda, etc., una especie de No hay cama pa’ tanta gente de la música brasilera. Al final le falta un nombre, pero no puede ponerlo en la misma lista que a los demás. “Mejor que esos, solo el silencio –soluciona–, y mejor que el silencio, solo João”.

Hoy queda solo el silencio.

@tways / tde@thierryw.net

Sal de la rutina

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