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Sin norte

Sin norte

Lo que tenemos es un orden mundial sin líderes donde, sí, todos hablan, pero nadie escucha.

A los 9 o 10 años, en la hora del recreo, mis compañeros de colegio y yo tomábamos Uva Postobón con pitillo y discutíamos con vehemencia de geopolítica. Los temas eran la Guerra Fría, los viajes al espacio, el riesgo latente de un conflicto nuclear. El mundo estaba dividido en dos bandos, y había que tomar partido. En la geografía moral de aquella época, los gringos solían ser los buenos y los rusos, los malos. Solo por llevar la contraria, me gustaba ponerme del lado de los rusos.

Pero aquel era ya el ocaso del orden mundial bipolar, con sus dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Luego caería el muro de Berlín y con él, la bipolaridad. Estados Unidos gozaría de una hegemonía sin rivales, y los colegiales de la Cortina de Hierro conocerían, si no la Uva Postobón, al menos la Coca-Cola.

A muchos les indignaban aquellas estructuras de dominancia. Exigían un mundo más plural, menos sometido a los caprichos del norte, con más “diálogo Sur-Sur”, etc. El tiempo les ha ido concediendo su deseo. Pero, como en el famoso relato La pata de mono, los deseos vienen acompañados de giros irónicos o, según como se le mire, desdichados. Pues, si bien Barack Obama promovió el multilateralismo e hizo gestos de apertura hacia el mundo árabe, Cuba e Irán, el nadir de la primacía americana en el globo se alcanzó bajo esta rocambolesca presidencia de Donald Trump, quien, no me cabe duda, es detestado por las mismas personas que claman por un mundo incluyente y multipolar.

Avanzamos a tientas hacia quién sabe dónde, mientras que el líder de la nación más formidable
de la Tierra da declaraciones sobre las propiedades curativas del
Límpido, la ‘varechina’
y el Clorox.

Hoy, en efecto, el ascendiente estadounidense se encuentra en su punto más bajo. Pero nadie sabe con qué reemplazarlo. La covid-19 desnudó un nuevo orden mundial no multipolar, sino acéfalo. En otros tiempos habríamos mirado al coloso del norte en busca de liderazgo político, científico y tecnológico para enfrentar la pandemia. Habríamos apelado a su influencia para alinear los esfuerzos del mundo en la lucha contra un enemigo común. El vacío de liderazgo actual, en contraste, es palpable. No parece que hubiera coordinación entre las naciones, cada una actúa por su cuenta con mayor o menor eficacia. La solidaridad y cooperación entre países parecen haberse esfumado hasta en la Unión Europea, que fue creada con ese fin. Avanzamos a tientas hacia quién sabe dónde, mientras que el líder de la nación más formidable de la Tierra da declaraciones sobre las propiedades curativas del Límpido, la varechina y el Clorox.

No cualquier liderazgo es deseable, por supuesto. A alguien le oí hace mucho tiempo: “Si les parece tan malo el imperialismo gringo, esperen a conocer el imperialismo chino y ruso”. Y tenía razón: el sheriff de antes al menos era un personaje con virtudes y defectos conocidos, mientras que los nuevos aspirantes al cargo son regímenes opacos, con más concentración de poder, sin pesos y contrapesos, más proclives al abuso y la corrupción. La China, para no ir más lejos, ocultó en los primeros días de la pandemia información que podría haber salvado miles de vidas. Y Rusia ha sido señalada de promover campañas de desinformación por todo el mundo, con la intención de sembrar el caos. Urge el concurso de líderes globales sensatos y democráticos, como, quizás, la canciller Merkel, de Alemania, aunque ese país, por su pasado, es renuente a inmiscuirse en los asuntos de los demás.

Queríamos un nuevo orden mundial multipolar, en el que el norte no mandara tanto y el sur tuviera voz. Lo que obtuvimos –el giro irónico, o desdichado– fue un mundo sin norte: desnortado. Que, dice el diccionario, es lo mismo que un mundo sin oriente: desorientado. Un orden mundial sin líderes donde, sí, todos hablan, pero nadie escucha y, lo que es peor, nadie sabe a quién creerle, a quién tomarse en serio ni en quién confiar.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

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