Roger

Roger

Los pioneros no descubren mundos, los construyen. Mi padre pertenecía a esa estirpe de hombres.

05 de diciembre 2018 , 06:38 p.m.

A mi papá le encantaban las películas de vaqueros, creo que porque se identificaba con esos seres inconformes que dejan atrás la sociedad en la que nacieron en busca de espacio, de horizontes más abiertos, de un mundo nuevo en el que quepan sus sueños. Él era así, tenía alma de pionero y de explorador. Por eso dejó su Francia natal, se mudó al otro lado del océano y deambuló por todo este país –sus ciudades y selvas, sus llanos e islas– hasta que el amor de mi mamá le marcó el puerto de destino, y se quedó para siempre en el Caribe. De todos los lugares de Colombia, Barranquilla, esa ciudad de inmigrantes que alguna vez fue designada ‘sitio de libres’, era la más propicia para un hombre franco –en todos los sentidos de esa palabra– como él.

Los pioneros no descubren mundos, los construyen. Mi padre pertenecía a esa estirpe de hombres capaces de ver un terreno baldío o una selva enmarañada y decir: aquí va a haber una casa; aquí, un sembrado; aquí, una ciudad. Tenía eso que los gurús de la administración llaman ‘visión’, que no es otra cosa que poder ver lo que los demás no ven. Y esa visión nunca se apagaba. En la novena década de su vida, decidió civilizar –como se dice en lenguaje del campo– unas tierras cerca de Usiacurí, Atlántico. Lo recuerdo de pie en un alto, señalando con el dedo el terreno enmontado, diciendo: allá va a estar el millo; allá, el sorgo; allá, los caobos; allá, los silos para alimentar el ganado, que el año que viene habrá fenómeno del Niño y debemos prepararnos.

Y así fue. Meses después recorríamos a caballo lo que había sido una maleza ininteligible. Él, con más de ochenta años, iba adelante; yo, detrás. Para un hijo que, aunque adulto, aún piensa que su papá es un superhéroe, ¿habrá un recuerdo más entrañable que un paseo a caballo por el mundo nuevo que el padre ha construido?

Nunca hubo alguien más
recto y trabajador, más generoso y honorable, que mi papá. 

Su vida no fue fácil. Su niñez transcurrió bajo la ocupación nazi y las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Conoció la pobreza y el hambre. Sobrevivió a accidentes de tierra, mar y aire. Padeció las traiciones del prójimo y las fiebres del paludismo. Pero jamás una adversidad empañó su nobleza. A pesar de haber sufrido algunos de los peores horrores del siglo XX, siempre fue un hombre fundamentalmente optimista.

A veces, cuando la vida le jugaba una mala pasada, me preguntaba –como si se hubieran invertido los roles de padre e hijo– qué había hecho él para merecerse tal o cual desventura. Y yo no sabía qué responderle, pues nunca hubo alguien más recto y trabajador, más generoso y honorable, que mi papá. Para él, el único éxito posible era el que resultaba de levantarse a las tres de la mañana todos los días y trabajar veinte horas sin descanso, empleando a fondo la mente y las manos para transportar al plano material el contenido de su imaginación.

Yo a veces me preguntaba de dónde sacaba fuerzas para hacer tantas cosas, sobre todo a una edad en la que la mayoría de las personas están disfrutando de lo trabajado. Hasta que entendí que su única ambición verdadera era llegar a ser alguien de quien su esposa e hijos pudieran sentirse orgullosos. Todo su esfuerzo, en el fondo, partía de esa motivación. Y, como en todo lo que hizo, en ese propósito también sobrepasó la meta, pues hoy nos sentimos orgullosos de él no solo mi mamá, mis hermanos y yo, sino sus nueras y yerno, la comunidad a la que perteneció, la ciudad que lo acogió, sus amigos, sus parientes en Francia y tanta gente que nos ha hecho llegar muestras de solidaridad y cariño en estos días difíciles.

Adiós y gracias, papá. Sé que si hay otro mundo por explorar después de este, ahora mismo tus ojos claros están mirándolo, estudiándolo, pensando en cómo convertirlo en un lugar mejor, como hiciste con este mundo que acabas de dejar.

@tways / ca@thierryw.net

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