Reflexiones en torno a un tornillo

Reflexiones en torno a un tornillo

El cambio social que más defiendo es el que avanza silenciosa y anónimamente en los laboratorios.

15 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

En una feria industrial en Fráncfort la semana pasada, un joven ingeniero alemán me mostraba un tornillo sin fin en cuyo diseño había trabajado. Era un helicoide de acero de un metro de largo por unos 30 cm de diámetro, el eje central de una máquina compleja. El ingeniero había logrado, tras semanas de simulaciones computarizadas, un diseño 5 % más eficiente que el modelo anterior, sin afectar la resistencia de la pieza. Parece poco, pero no lo es. El 5 % de cualquier cosa (piense el lector en su cuenta bancaria, o su expectativa de vida) es una cantidad importante.

Mientras el ingeniero hablaba, yo pensaba en una escena de los días previos en mi país, la de decenas de encapuchados, de la misma edad de este joven, lanzando ‘papas bomba’ a la Fuerza Pública y pintorreteando paredes con consignas ‘antisistema’.

Hay distintas formas de cambiar el mundo, o de intentarlo. Una de ellas, la más estéril, es la de esas brigadas vandálicas que creen que incendiando el statu quo lograrán, milagrosamente, perfeccionarlo.

Luego está el activismo tradicional, el de grupos organizados que, por medio de la acción política o mediática, buscan presionar o persuadir a gobernantes y legisladores para que impulsen las causas que les interesan. Cuando hablamos de cambio social solemos privilegiar ese tipo de activismo: el de las oenegés, las veedurías, las fundaciones, etc. Pero cada uno de esos colectivos, hay que decirlo, tira para su lado sin tener muy en cuenta las consecuencias o costos de oportunidad que la meta que persiguen pueda acarrearle al resto de la sociedad. Un grupo de presión exige un aumento en los aranceles a los textiles, como acaba de suceder en el Plan de Desarrollo, por ejemplo, sin tener en cuenta el otro lado de la balanza: en este caso, los consumidores. El activismo tradicional suele tener visión de túnel.

Hay distintas formas de cambiar el mundo, o de intentarlo.
Una de ellas, la más estéril, es la de esas brigadas vandálicas

Por eso, el cambio social que más defiendo es el que no se conoce por ese nombre, el que avanza silenciosa y anónimamente en los talleres, los laboratorios, las fábricas, los sembrados, los modelos virtuales de los computadores: en todos los espacios en los que el ingenio humano procura rediseñar una válvula o mejorar una semilla o sintetizar una molécula para que el mundo progrese un poco más que el día de ayer. En contraste con el radicalismo que casi siempre acompaña al activismo político –que exige que se haga su voluntad a cualquier costo–, estos esfuerzos necesariamente tienen que respetar las limitaciones del mercado, de los presupuestos, del conocimiento humano, de la técnica. Por eso son más realistas y efectivos. Su efecto agregado, imposible de medir en su totalidad, es lo que realmente impulsa a la humanidad hacia adelante.

¿Que hay demasiado plástico en el planeta –por ejemplo– y debemos limitar su uso? Sí, pero la forma pragmática de lograrlo no es provocando una histeria moral alrededor de su fabricación y consumo –y menos haciendo vagas invocaciones a la ‘vida’, el ‘agua’ y el ‘amor’, como hacen algunos de nuestros políticos–, sino apoyando la investigación en la academia y la industria, en donde, mientras otros discursean, se está reduciendo hasta en un 70 % el contenido de plástico de algunas bolsas y envases.

Si lo que de verdad persiguen nuestros vandálicos manifestantes es el cambio social, y no la emoción de la violencia sublimada por el romanticismo de la ‘revolución’, deberían aplicar sus evidentes habilidades de homo faber –la manufactura de tubérculos explosivos delata como mínimo cierto talento para las manualidades– en alguno de los oficios que están mejorando a la sociedad un cinco, o un uno, por ciento a la vez. Lograrían mucho más así. ¿No es acaso la vocación de todo tornillo girar sobre su eje, es decir, hacer revoluciones?

@tways / tde@thierryw.net

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