Que Santo Tomás nos ampare

Que Santo Tomás nos ampare

¿Se imaginan lo que puede pasar una vez los deepfakes hagan parte del arsenal del combate político?

14 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Si aún no han visto el video, los invito a que lo vean después de leer la columna. O, mejor, antes. Lo encuentran fácilmente si buscan ‘Bill Hader y Tom Cruise’ en YouTube. Se trata de un clip de 2008 en el que Hader, reconocido actor cómico estadounidense, imita al celebérrimo Cruise en el show de David Letterman. Hasta ahí, todo normal, una típica entrevista de TV de medianoche. Pero un artista visual que se hace llamar ctrl shift face tomó la grabación y, por medio de tecnología de edición de imágenes y algoritmos de inteligencia artificial, modificó el rostro de Hader de forma que, cuando comienza a hablar como Tom Cruise, su cara se transforma en la de Tom Cruise. El efecto es sutil, instantáneo y desconcertante. Una persona se convierte en otra frente a nuestros ojos, y al truco se le notan tan poco las costuras que hay que verlo varias veces para detectar los momentos en los que ocurren las transiciones. Las reacciones de la gente han oscilado entre ‘divertido’ y ‘horripilante’.

Y, sí, ciertamente es divertido el efecto, y también algo espeluznante. Y no pasaría de un juego ingenioso si no fuera por la amenaza que encierra esta tecnología, a la que se la conoce como deepfake: falsificación profunda, o ‘ultrafalso’. No hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar cómo podría usarse para sembrar caos. Con seguridad, algún guionista de cine ya esbozó una versión del siguiente argumento. Es un día cualquiera en el año 2020. Un video comienza a llegar a millones de celulares al mismo tiempo, viralizado por las redes sociales. Es Vladimir Putin, presidente de Rusia. “Acabo de dar órdenes de lanzar todo nuestro arsenal nuclear contra las principales capitales de Occidente. En menos de quince minutos, las ojivas harán impacto...”.

Por supuesto, las agencias de seguridad de las grandes potencias disponen de sistemas para detectar los deepfakes y, por tanto, mis pesadillas residuales de la Guerra Fría son poco probables... por ahora. Pero no vayamos tan lejos. Pensemos en el potencial de los ‘ultrafalsos’ para causar pánicos económicos. Si un rumor a veces basta para zarandear los mercados, ¿cuánto daño podría hacerle a la acción de una compañía un video falso de su presidente diciendo algún disparate?

El mayor riesgo es político. Habrá videos de candidatos diciendo cosas que no dijeron o haciendo cosas que no hicieron, en los que será casi imposible distinguir lo falso
de lo verdadero

Y no solo la reputación de las organizaciones corre riesgo, también la de las personas. Uno de los primeros pasatiempos de los creadores de deepfakes fue injertar rostros conocidos en cuerpos de actores de películas XXX, creando así el género de la pornografía ‘personalizada’.

Pero el mayor riesgo es político. Si ya es un hecho que firmas como Cambridge Analytica pueden cambiar el resultado de una elección por medio de memes y noticias falsas, ¿se imaginan lo que puede ocurrir una vez los deepfakes hagan parte del arsenal convencional del combate político? Habrá videos de candidatos diciendo cosas que no dijeron o haciendo cosas que no hicieron, en los que será casi imposible distinguir lo falso de lo verdadero. Y lamento desinflar las esperanzas de los optimistas que piensan que esto se resuelve con buen fact-checking, es decir, con desmentidos. Como bien saben publicistas y psicólogos, las imágenes influyen en nosotros de modo inconsciente. El anuncio de que un video es falso no anula el efecto subliminal que ya hubiera producido en sus espectadores. Suponiendo, además, que lo falso sea el video original y no el anuncio que lo desmiente.

¿Qué hacer? Solo se me ocurre encomendarnos a santo Tomás, el escéptico apóstol al que la tradición cristiana le reprocha no aceptar la resurrección de Cristo hasta no tocar con sus propias manos las heridas de la cruz. Celebremos hoy su ejemplar incredulidad. No se equivocaba: antes era un adelantado. En la era de los ‘ultrafalsos’, que santo Tomás Apóstol nos ampare.

@tways / tde@thierryw.net

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