Paro y pobreza

Paro y pobreza

¿A quién afecta esto? A los estratos más bajos, que son más vulnerables al desempleo y la inflación.

04 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Los efectos económicos de las protestas chilenas son catastróficos. Hay 4.500 millones de dólares en daños de infraestructura y 300.000 empleos en riesgo. El PIB de octubre se derrumbó 5,4 % respecto al mes anterior: más que cuando un terremoto y un tsunami sacudieron el país en 2010. Hay quienes hablan de una ‘primavera chilena’, pero esto se parece más a un invierno.

En Colombia, las consecuencias económicas de las movilizaciones ya se sienten. Los comerciantes, según Fenalco, están dejando de vender 150.000 millones diarios en plena temporada navideña. El dólar, que venía alto, se disparó más a partir del 22 de noviembre y tocó un techo histórico de 3.522 pesos. La percepción de ‘riesgo país’ ha empeorado, y eso se traduce en desinversión, desconfianza y desempleo.

¿A quién afecta esto? A los dueños de los comercios, sin duda, pero también a sus trabajadores y consumidores, que somos todos. Y afecta desproporcionadamente a los estratos más bajos, que son más vulnerables al desempleo y la inflación. Hay incautos que piensan que el aumento del dólar, por ejemplo, solo afecta a ‘los ricos’, pues son ellos los que viajan. No imaginan que una gran tajada del consumo de la población más pobre depende de esa divisa. La ropa más asequible proviene de China. Las motos, que son la solución de transporte para buena parte de la población, también.
Un salchichón de tienda es una emulsión de proteína de soya asiática con material cárnico gringo, belga o canadiense.

La percepción de ‘riesgo país’ ha empeorado, y eso se traduce en desinversión, desconfianza y desempleo

La cuasi totalidad de esos comerciantes no son potentados, sino dueños de pymes. Sus talleres de confección, fábricas de muebles, litografías y restaurantes representan más del 90 % de las empresas del país. Viven del flujo de caja diario, sin acceso a grandes fuentes de capital. Una semana sin facturar, pero pagando arriendo, impuestos, proveedores y nómina, hace la diferencia entre la vida y la muerte.

Dijo en estas páginas Alejandro Palacio, representante de los estudiantes en el comité del paro, que “el objetivo del paro no es ni nunca será maltratar a los más desfavorecidos, nunca”. Debería saber que en la acción política, como en todo en la vida, lo que cuenta no son las intenciones, cualesquiera que ellas sean, sino los resultados. Y, hasta ahora, el resultado de las protestas ha sido el debilitamiento de la economía nacional justo cuando comenzaba a recuperarse tras tres años de anemia.

En general, las peticiones de los paros versan sobre derechos: derecho a la educación, a la salud, a una pensión digna, etc. Para que esos derechos existan en la realidad, y no solo en el papel, se necesita dinero para sufragarlos. La salud requiere clínicas y médicos; la educación, aulas y docentes; las pensiones, un fondo para cubrir las mesadas de los jubilados. ¿De dónde creen los manifestantes que provienen esos recursos? No del Estado, como suele decirse; el Estado es un simple intermediario. El dinero viene de las empresas que tributan, los trabajadores que cotizan y los consumidores que consumen. Entorpézcase todo eso, y los derechos exigidos serán cada día más inalcanzables e insatisfactorios. Y eso agudizará el descontento, lo que provocará nuevos paros, lo que frenará más la economía, agudizando nuevamente el descontento, ad infinitum. De ese modo perpetuamos nuestro Estado virtual de derecho: una nación plena de garantías, en democrática tinta plasmadas en la carta constitucional, pero sin dinero para hacerlas realidad.

Me dirán que yerro por no entender que una Colombia más justa e incluyente alcanzaría resultados económicos superiores a los de la Colombia de hoy. Por el contrario, comparto esa visión. Pero dudo que la forma de llegar a ese país soñado pase por empobrecer primero a quienes supuestamente se pretende ayudar.

@tways / tde@thierryw.net

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