Lo que el fuego develó

Lo que el fuego develó

Por más que queramos ‘democratizar’ todo, hay creaciones que tenemos por superiores a otras.

17 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Victor Hugo describió a Notre-Dame como una “vasta sinfonía de piedra”, pero para sus constructores y visitantes medievales se asemejaba más a un libro: a “una enciclopedia tallada en roca”, como dice Nikolaus Pevsner en su Esquema de la arquitectura europea. Era un tiempo en el que aún no había imprenta y la humanidad era, casi toda, analfabeta. Los grabados y vitrales de las catedrales instruían, entretenían y arrobaban al peregrino, quien, bajo la nervadura de las bóvedas, vivía la experiencia más intensa que quizá permitía el mundo medieval. Algo así como la realidad virtual de su época.

Ese aspecto enciclopédico de las catedrales góticas hizo de ellas un cruce de caminos entre lo sagrado y lo humano. Y eso, sumado a su antigüedad, hizo que la historia de estos edificios, que aspiraron, más que ningún otro, a la trascendencia, estuviera atravesada por lo ordinario y lo mundano, por las contingencias de las épocas y los caprichos de los hombres.

Aún en estos tiempos de extrema polarización y desconfianza, quedan valores o sentimientos que logran unir a la humanidad, o a parte de ella.

Así, la magnífica estructura que el martes nos hizo contener el aliento –como si fuera nuestra propia casa la que viéramos arder a lo lejos– ya había sufrido, tras la Revolución, el descabezamiento de sus estatuas, la profanación de sus capillas y el saqueo de sus tesoros. Luego, poco después, sería víctima de la más veleidosa de las pasiones humanas: la moda. Si no fuera por Victor Hugo y su famoso jorobado, el edificio habría sido destruido por una sociedad parisina a la que lo ‘gótico’ le había comenzado a parecer, como decimos en el Caribe, corroncho. Pero la novela de Hugo, mayor influencer francés del siglo XIX, les señaló a sus compatriotas la mística que aún habitaba aquellas piedras. Fue así como la catedral se salvó gracias a un best seller.

No sabemos aún qué causó el incendio. Unos dicen que una colilla de cigarrillo; otros, que un cortocircuito, o un soplete de acetileno. Solo sabemos que estamos, como en las ocasiones anteriores, ante una abyecta intromisión de lo prosaico en lo sublime. Pero hubo algo que el fuego develó, que se manifestó en la reacción de millones de personas en todo el mundo, sumidas en lo que el diario Libération llamó “estupor planetario”.

Lo más parecido que tiene nuestra era a una creencia ecuménica es la idea de la igualdad, que nace con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 (y, por tanto, no es del todo inocente de los vejámenes que padeció Notre-Dame por aquellos años). Los principios de esa doctrina, tan deseables en lo relativo a los seres humanos, han querido extenderse a todos los ámbitos de su actividad, incluyendo el arte y la cultura. El orinal de Duchamp –pretenden quienes profesan esa religión posmoderna– es tan importante como un fresco de Rafael, ya que ambos son expresiones del espíritu de su era. Un pegajoso reguetón es comparable a la Quinta de Beethoven, porque “entre gustos no hay disgustos”. Porque, como profetizó Discépolo, “todo es igual, nada es mejor”.

El fuego del martes reveló la impostura de ese relativismo. Demostró que, por más que queramos ‘democratizar’ todo lo que existe, hasta la belleza misma, hay creaciones que tenemos por superiores a otras, que nos duelen más que otras. Y que no hay que ser erudito para entenderlo, que basta con ser humano.

Eso, tan contrario a la ideología igualitarista de nuestra era, me parece una buena noticia. Significa que, aún en estos tiempos de extrema polarización y desconfianza –y en los que nos creemos muy modernos por nuestra capacidad de ironizar sobre todo y no tomarnos nada en serio (que no es más que una toma de distancia, una fuga)–, quedan valores o sentimientos que logran unir a la humanidad, o a parte de ella. Significa que a los ‘modernos’ la catedral medieval todavía puede enseñarnos cosas.

@tways / tde@thierryw.net

Empodera tu conocimiento

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.