El sentido de las marchas

El sentido de las marchas

No deja de parecerme absurdo manifestarse en contra de algo que aún no existe.

09 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Una marcha política pretende, ante todo, enviar un mensaje. ¿Qué mensaje buscaban transmitir las marchas que convocó el líder de la oposición, Gustavo Petro, para el día de la posesión presidencial?

Hay que empezar por ignorar las palabras que emplearon sus organizadores para describirlas: abstracciones como ‘la paz’, ‘la vida’, etc. Nadie sale de su casa a marchar por temas desprovistos de toda polémica como la defensa de la vida: sería como manifestarse a favor de los días soleados, o de la fotosíntesis. ‘Paz’ y ‘vida’ fueron tan solo el empaque atractivo, la cubierta almibarada, que envolvía lo que eran simples marchas de protesta contra el gobierno que comenzaba ese día.

La oposición tiene derecho a marchar ese y cualquier día, faltaría más, pero, como he dicho antes en este espacio, no deja de parecerme absurdo manifestarse en contra de algo que aún no existe. Nadie sabe si el gobierno de Iván Duque será bueno o malo, autoritario o conciliador, competente o ineficaz, pero los seguidores del senador Petro ya decidieron que no les gusta. Es como criticar un restaurante sin haber probado la comida. Peor: sin haber mirado la carta.

El mundo se divide entre blanco y negro, buenos y malos, sol y sombra: en ese esquema disyuntivo, solo uno de los dos puede tener la razón, y ese soy yo.

Oposición inflexible: ese parece ser el verdadero sentido de las marchas, que son un reflejo de la actitud política de su promotor. No importa quién ocupe el gobierno: si no soy yo, o uno de los míos, no lo hará bien. Por tanto, se justifica censurarlo a priori. No importa si sus resultados son beneficiosos para el país: cualquier cosa que provenga de su bando, así le haga bien a la sociedad, será mala, y cualquier cosa que provenga del nuestro, así le haga mal, será buena. El mundo se divide entre blanco y negro, buenos y malos, sol y sombra: en ese esquema disyuntivo, solo uno de los dos puede tener la razón, y ese soy yo.

Esa visión binaria de la sociedad fue un pilar de la campaña de Petro, quien en una ocasión se refirió a sus seguidores como el pueblo que decide “partir las aguas” para huir del “gran faraón”. Quedaba claro quién ocupaba el rol de Moisés.

Es imposible practicar correctamente la democracia cuando uno entiende el mundo como una lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal... y se ve a sí mismo tan nítidamente del lado de los elegidos. La democracia consiste, justamente, en respetar la visión del contrario, para construir juntos un camino hacia adelante. Ya no estamos en tiempos de éxodos bíblicos; hoy, egipcios y hebreos deben convivir no solo pacífica, sino productivamente.

Además de las marchas, Petro ha conformado un ‘gabinete alternativo’; ha llamado a hacer ‘resistencia’, que no oposición, al Gobierno; y ha pedido que el Congreso defina nuevas funciones para él, distintas a las de un senador común y corriente. Su proceder, además de obstruccionismo, denota cierta falta de levedad. Me refiero a la facultad de no tomarse a sí mismo demasiado trascendentalmente, que es una cualidad necesaria tanto en la vida pública como en la privada. Consiste en mantener una sana distancia del ego, lo que permite asumir con gallardía las derrotas, tan frecuentes en política. Es la actitud que hace posible la democracia. Pues si de lo que se trata es de conciliar con mis opositores, ¿cómo voy a lograrlo cuando estoy convencidísimo de que solo yo tengo la razón, de que mis posiciones están talladas en mármol y violarlas sería como quebrantar las Sagradas Escrituras?

Por eso –añadiré para concluir– me sorprendió que Petro hubiera ganado las elecciones en Barranquilla, donde vivo. Los barranquilleros se distinguen por no tomarse demasiado en serio nada, ni a ellos mismos; por burlarse de la solemnidad que arruga el temperamento de quienes creen sabérselas todas. En Barranquilla, El Faraón es el nombre de un motel.

THIERRY WAYS
tde@thierryw.net

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