El covid-19 no es un crimen

El covid-19 no es un crimen

Siempre que ocurre una desgracia, el primer instinto es preguntar: “¿A quién le echamos la culpa?”.

20 de mayo 2020 , 07:51 p.m.

Hablé con dos amigos en EE. UU. sobre la pandemia. Les pregunté, concretamente, si conocían a alguien que hubiera tenido la enfermedad o, peor, que hubiera muerto de ella. La pregunta les pareció extraña. Uno de ellos vive en California; el otro, en Nueva York. Claro que conocían casos. Claro que conocían personas que habían fallecido. ¿Quién no?

La naturalidad con la que me respondieron me sorprendió por el contraste con lo que percibo en Colombia, donde aún hablamos de tener covid-19 bajo los velos del tabú y la ignorancia. Culpamos al paciente y su entorno, como si fueran responsables por atraer la enfermedad. Estigmatizamos individuos, familias, barrios y empresas enteras, como si el contagio desnudara una debilidad inherente a esas personas y entidades, una deficiencia moral o higiénica que el destino castigó enviándoles el virus.

Y no nos quedamos ahí, en la simple discriminación, no. Tomamos justicia sanitaria en nuestras propias manos. Como si Higía, la diosa griega de la salud, nos hubiera subcontratado para hacer su labor. Y entonces hay quienes arrojan piedras a las casas de personas contagiadas con coronavirus (o que han sido señaladas por la turba de estarlo). Y hay vecinos que expulsan a médicos y enfermeros de sus edificios, como si su mera residencia allí equivaliera a colgarle, como en los tiempos del cólera, una bandera amarilla a la copropiedad. En un caso que se hizo célebre, la administración le impidió el ingreso a su apartamento a una expaciente de covid-19, aunque ya se había recuperado.

Eso no es prevención. Es irracionalidad.

Colgarle un estigma al covid-19 es, pues, tan ridículo como colgárselo a la laringitis o la malaria. O como culpar a las brujas por los terremotos. La pandemia no discrimina, los humanos
lo hacen.

Y no es nada nuevo. Una de las más atávicas y oscuras pulsiones de la especie humana es la necesidad de culpar a alguien –usualmente al ‘otro’– de las calamidades que hacen parte natural de la cohabitación en la Tierra. En la Edad Media se señalaba a las brujas (cualquier mujer impopular o caída en desgracia calificaba como tal) de provocar temblores, tormentas o sequías, y se las ajusticiaba con el beneplácito de la Iglesia. A los judíos se los acusaba de envenenar fuentes de agua para propagar la mortífera peste negra, lo que servía de excusa para perseguirlos y asesinarlos. La epidemia de VIH/sida en los 80 desató una ola de discriminación contra la población homosexual que hoy, casi 40 años después, no ha desaparecido del todo. Siempre que ocurre alguna desgracia, el primer instinto del hombre es preguntar: “¿A quién le echamos la culpa?”.

En cuanto a la fiebre actual, la ciencia es clara: no vamos a contraer covid-19 por vivir en el mismo barrio que alguien que la tenga (quien, además, dejará de transmitirla en dos semanas). Es cierto que hay medidas que podemos y debemos tomar para contener la enfermedad: lavado de manos, distanciamiento físico, uso de tapabocas, etc. Pero, al final, la propagación del virus es un proceso probabilístico. La eventualidad del contagio depende de más factores de los que somos capaces de controlar. El enemigo es promiscuo, invisible y volátil. Como han dicho los epidemiólogos, mientras no exista una vacuna –y para eso faltan meses o años–, la mayoría de nosotros lo agarrará, tarde o temprano.

Colgarle un estigma al covid-19 es, pues, tan ridículo como colgárselo a la laringitis o la malaria. O como culpar a las brujas por los terremotos. La pandemia no discrimina, los humanos lo hacen. El virus no vino a hacer juicios de valor sobre nuestro comportamiento como individuos o como colectivo. No piensa, no siente, no señala; es una simple secuencia de información que quiere reproducirse a sí misma ciega y mecánicamente, como una fotocopiadora enloquecida. Solo en la mente enferma de sujetos supuestamente sanos cabe tratar como parias a los portadores. Que al final seremos casi todos.

Thierry Ways
@tways / tde@thierryw.net

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