Disney world

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Una extraña infantilización ha infectado el mundo.

08 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

La película de superhéroes que más recuerdo de mi infancia es Superman III. No porque fuera muy buena –todo lo contrario–, sino porque en esos días era raro que Colombia figurara en una producción de Hollywood. En esa cinta, el genio de la informática Gus Gorman, interpretado por ese genio de la comedia que fue Richard Pryor, utiliza un ‘satélite climático’ para enviar un feroz tornado a destruir nuestra zona cafetera. Afortunadamente, aparece el Hombre de Acero, acorrala la tormenta y salva la cosecha.

Los efectos especiales habrán mejorado, pero los argumentos de las películas de ese género son tan descabellados hoy como en mi niñez. En aquella época, sin embargo, se entendía que eran productos de entretenimiento barato, dirigidos a niños, adolescentes y nichos de fanáticos. Hoy, como evidencia el descomunal recaudo de taquilla de la última Avengers, el género es un fenómeno cultural masivo que apasiona también a legiones de adultos.

No tengo nada en contra de los superhéroes, y menos en contra del entretenimiento barato, al que bastantes horas de mi vida le he dedicado. Pero algo está cambiando, me parece, en la cultura occidental, o a lo mejor en la global, para que, el fin de semana de lanzamiento de una película, millones de personas de 20, 30 y hasta 40 años hagan largas filas y paguen entradas revendidas para ver al Increíble Hulk y al Capitán América. Una extraña infantilización ha infectado el mundo.

¿No estará relacionada la infantilización de la cultura con el resurgimiento del autoritarismo en tantas partes del mundo?

Siento una punzada de incomodidad –de pena ajena– siempre que un periodista le pregunta a un oyente o a un entrevistado, todos hombres y mujeres hechos y derechos, cuál es su superhéroe predilecto, o si lo satisfizo la “resolución del conflicto” entre Thanos y los Avengers. Pero el aniñamiento al que me refiero no se limita al campo cinematográfico. Lo mismo me pasa en las salas de espera de los aeropuertos o los consultorios, donde observo adultos concentrados en algo muy importante en su celular que resulta ser un tablero de Candy Crush. O cuando visito esos ‘espacios de trabajo’ –no los llamemos ‘oficinas’, que se ofenden sus ocupantes–, copiados de las start-ups de Silicon Valley, en los que son de rigor las consolas de videojuegos o los bates de felpa para que los mayores de edad que allí laboran puedan disipar el estrés de la manera más ‘lúdica’ posible. Siempre, en esas situaciones, me pregunto ¿hay algún adulto en el lugar?

A muchos les parecerá exagerado todo esto, y me dirán que es inofensivo, y hasta deseable, “entrar en contacto con el niño interior” o alguna otra mentecatería de libro de autoayuda de caja de supermercado. A mí, por el contrario, tanta ostentación de puerilidad me parece el síntoma de una dolencia social avanzada. Quizá el capitalismo tardío les ha cedido al Estado y a las grandes corporaciones el cuidado de tantas cosas –la salud, la educación, la vejez, el medioambiente, etc.: una lista creciente de responsabilidades de las que nos hemos desprendido– que el individuo, cada vez menos apoderado de su destino, halla razonable prescindir de la madurez otrora necesaria para ser dueño de su vida.

¿Y no estará relacionada la infantilización de la cultura con el resurgimiento del autoritarismo en tantas partes del mundo? No, no digo que los fans de Thor o de Batman hayan creado a Bolsonaro, Duterte, Erdogan, Orban, Putin o Chávez. Pero sospecho que, en algún rincón profundo del inconsciente colectivo, los fenómenos están conectados. Una sociedad de adultos inmaduros se comportará con toda la impaciencia, los caprichos y la escasa tolerancia para la frustración que exhiben los niños. ¿Y qué anhela un niño inconforme más que la tranquilizadora mano firme de la autoridad paternal, esa que, secretamente, invoca a través de la rabieta?



@tways / tde@thierryw.net

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