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Desencantado

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‘Encanto’, una especie de Macondo en los Andes, es floja como película, pero buena para el país.

08 de enero 2022 , 10:25 p. m.

Casi nunca veo películas de Disney, no por esnobismo cultural, sino porque –con excepciones, como todo– me aburren las ficciones sobre niños o animales, y Disney está repleto de ambos. Pero me gusta la música de ‘Hamilton’, el exitoso musical de Broadway escrito por Lin-Manuel Miranda, quien también compuso canciones para ‘Encanto’, la nueva producción animada de Disney. Y como en el fondo soy un tipo sensiblero, con cierta propensión al patrioterismo, producto de unos años vividos en el exterior, me puse a ver la película, inspirada en Colombia, con toda la intención de defenderla de sus críticos.

Estaba predispuesto a que me gustara y a excusar sus probables caídas en ese ‘orientalismo’ que tanto disgusta a los académicos –algo sobre lo que ya vuelvo–. Pero no fue así. Los superpoderes de la familia Madrigal, el artificio central de la trama, se le presentan al espectador como un ‘deus ex machina’ sin explicación alguna, sin molestarse siquiera por inventarles un origen fantástico más elaborado. Y de ahí en adelante todo es igual de postizo. La película da la sensación de haber sido un argumento en busca de una locación, una historia transportable que había que situar en algún lugar plausiblemente exótico del globo –Colombia, Japón, Grecia–, para luego ajustar los detalles de color local: cambiar la arepa sanadora por el maki mágico o la musaka milagrosa.

Por eso mismo no creo que pueda hablarse de ‘orientalismo’ nocivo en ‘Encanto’. El concepto, propuesto hace 40 años por Edward Said, se refiere a las representaciones estereotipadas, despectivas, infantilizantes o turísticas del resto del mundo que predominan en las grandes potencias de Occidente. Said escribía sobre las representaciones de Asia, África del Norte y Oriente Medio, de ahí el término ‘orientalismo’, pero su crítica es extensible a cualquier región subdesarrollada vista a través de los ojos de Estados Unidos y Europa occidental. Sin embargo, la trama de ‘Encanto’ está tan poco condicionada, ni siquiera caricaturalmente, por una cultura concreta –es decir, hubiera sido tan fácil situarla, haciendo los ajustes paisajísticos del caso, en cualquier otra parte del mundo– que hacerle una crítica saidiana sería como cazar moscas con una bazuca.

Rescatemos, más bien, sus aspectos valiosos: la meticulosidad con la que se dibujan diversos elementos de nuestra cultura y naturaleza, la belleza cinética de su animación, la calidad de algunas canciones. Y una referencia garciamarquiana particularmente –valga la redundancia– encantadora. Toda la película, de hecho, podría describirse como una especie de ‘Macondo en los Andes’. Pero no hablo de las mariposas amarillas que aparecen, postizamente, en un momento de la trama, sino de la casa mágica de la familia Madrigal. Esta remite, de forma quizá no planeada por los guionistas, al título original de ‘Cien años de soledad’, novela que iba a llamarse, antes de que su autor cambiara de parecer, ‘La casa’.

Sería mezquino, finalmente, no celebrar la construcción de una imagen positiva de Colombia –asociada a la música, la solidaridad y la ‘magia’–, que poco a poco le haga mella a la negativa que forjaron la guerra y el narcotráfico. Una sola película de Disney hace más que diez campañas de ‘marca país’. ‘Encanto’ incluso provee un eslogan: Colombia, como los cuartos de la casa Madrigal, también es “más grande por dentro que por fuera”. No puede ser malo para el país, por floja que sea la cinta, que haya niños y niñas en China o Australia jugando en este momento con muñecos de Bruno o Mirabel. De hecho, la mejor alegoría que puede extraerse de la película no es que Colombia sea ‘Encanto’, sino que Colombia es Mirabel: una nación tratando de encontrar su talento, un país tratando de descubrir su poder.

THIERRY WAYS
En Twitter: @tways
tde@thierryw.net

(Lea todas las columnas de Thierry Ways en EL TIEMPO aquí).

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